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Mucha gente, aquella que se preocupa por los destinos del país, se pregunta, ¿por qué en otras regiones no aparecen líderes interesados y con capacidad para optar por la presidencia de la república?; y, en cambio, ¿por qué en otras están siempre presentes y captan la primera magistratura? Podríamos intentar dar algunas ideas de este fenómeno que no es menor; sin embargo, son los expertos en sociología política -y en otras esferas de análisis-, quienes deberían darnos algún tipo de explicación lo más certera posible, dada la inquietud manifiesta.

A partir del retorno a la democracia, iniciada en el año 1979, han gobernado los siguientes guayaquileños: Jaime Roldós, León Febres-Cordero, Sixto Durán-Ballén (Boston, con ancestros), Abdalá Buraram, Gustavo Noboa Bejarano, Alfredo Palacio, Rafael Correa, Guillerno Lasso y Daniel Noboa (Miami, con ancestros). Las excepciones: Osvaldo Hurtado (Chambo), Rodrigo Borja (Quito), Fabián Alarcón (Quito), Jamil Mahuad (Loja), Lucio Gutiérrez (Quito, criado en Tena) y Lenín Moreno (Nuevo Rocafuerte). Antes del citado período, el caso del doctor José María Velasco Ibarra, quiteño, es único e irrepetible: cinco veces presidente de la república, apoyado principalmente por la clase política y económica de Guayaquil.

Los últimos intentos por formar líderes y ofrecer alternativas políticas, fueron la Izquierda Democrática, con Rodrigo Borja y la Democracia Popular con Osvaldo Hurtado: fueron partidos serios, con estructura nacional, ideología y principios, pero desafortunadamente no duraron como hubiera sido lo deseable. Las leyes que regían a los partidos políticos fueron más bien dando cabida a los denominados “movimientos” que sirven más bien los intereses de un grupo con gerentes propietarios eternos, que hacen y deshacen sin consultar a las “bases”. Con la cantaleta de la “partidocracia” – enemigo creado-, los terminó sepultando. El Partido Social Cristiano, anterior a este período, ha jugado también un rol igualmente en materia de formación de líderes.

En materia de regiones, la costa lleva la delantera en cuanto a número de presidentes elegidos o en ejercicio. Se explica por el hecho de que, en varios casos, el empresariado, principalmente guayaquileño, está vinculado a la política; en otros términos, se preocupa abiertamente por participar en las contiendas electorales, para asegurarse que sean tomados en cuenta, o evitar ser afectados por las decisiones gubernamentales. Este sector los promueve, respalda y sostiene de manera no solo entusiasta sino económicamente, y, claro, luego acceden a puestos de poder compartiendo las acciones de gestión, sin reparar los riesgos que aquello entraña.

En la sierra, penosamente, no sucede lo mismo; el empresariado se ha dedicado totalmente a atender sus empresas y su participación en política deja mucho que desear o es secundaria. Teme ser salpicado por denuncias, muchas de ellas tendenciosas e injustas y no quiere correr riesgos. Lo más grave es que, varios personajes pertenecientes a esta región -y que han participado de contiendas a nivel nacional- no fueron respaldados financieramente o no los promovieron como candidatos de su sector.

¿Qué hacer entonces? Como alternativa de solución es que los potenciales líderes ofrezcan a la ciudadanía proyectos serios y viables para solucionar los problemas del país, apoyados por sectores de la sociedad civil, que capten la atención del empresariado con visión de país y reciban el apoyo que requieran para posibilitar el favor de la gente. Además, requerimos que se formen nuevos líderes, patrocinados por auténticas estructuras de partidos políticos -que reemplacen a los “movimientos” que en la práctica no responden a nadie-, con ideas renovadas compatibles con los requerimientos de un nuevo orden político y económico. Debemos desterrar el provincialismo, populismo y las consignas antediluvianas de muchos sectores que solo defienden sus intereses y parcelas.

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