Mónica Varea Maldonado

Mónica Varea, escritora ecuatoriana de literatura infantil, nacida en Latacunga, en 1958. Desde 1996 se dedica a la escritura y al negocio de librería, fundando La Rayuela en Quito. Su obra creativa incluye algunos cuentos muy conocidos.

Actualmente es columnista en el diario El Universo. Además, escribe artículos con diveras temática en prestigiosas revistas del país.

Las colchoneras

EI patio soleado de baldosas cuadradas recibía, con una frecuencia que desconozco, a las colchoneras. No sé si era el nombre que correspondía a ese oficio, pero así las llamaban: las colchoneras. Dormíamos a pierna suelta en unos mullidos colchones de flores, de rayas, de colores. Colchones que de pronto

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¡Odio a la gente!

Hoy les voy a contar un secreto: con la tenacidad de un picapedrero empiezo cada día a escribir una novela. No cualquier novela, no la continuación de mi Margarita Peripecias o de mi Juan Olvidón, no, una novela rotunda, definitiva, espectacular que rompa el mercado librero, que rompa las fronteras

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Milagros, el Milagro

¿Por qué solo escribes de ti mismo?, preguntó prendiendo la minigrabadora. Sin pensar respondí: porque contar la propia historia no solo es poner la vida en palabras, también es levantar velos, desatar nudos, tender puentes. Al finalizar mi respuesta y al escucharme, cuando aquel chico retrocedió la grabación, me percaté

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PARAMEANDO

Embutido en la espesura robusta de la selva, Susufindi era un pueblo lineal, con una hilera de casas, lleno de putas y farmacias. Por suerte no tenía hambre, pero sí temor a la noche que llegaba temprano y al transporte que no llegaba. Debía encontrar un sitio seguro donde dormir,

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Vestidos de fantasmas

En mi casa pasan cosas raras, qué digo raras, ¡rarísimas! Santi dice que todo se debe a que yo no sé dónde tengo la cabeza, yo insisto en que el problema es que hay fantasmas. Lo cierto es que suceden cosas inexplicables como que los armadores se reproducen como conejos.

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Cuando maté a papá

EL DÍA QUE PAPA se murió por mi culpa no fue el mismo en que le rompi la cabeza. Habían pasado cuatro o cinco años desde el día en que vi brotar la sangre de su calvicie. No como una cascada sino solo como cuatro hilitos delgados que descendieron por

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