Donald Trump, no demoró ni un día en ejecutar muchos cambios radicales que anunció desde su campaña. Seguramente, muchos lo tomaron como un discurso alarmista para atraer votos de los más conservadores, que sienten nostalgia por “volver a hacer América grande”. Esto significa gobernar poniendo en primer plano los intereses de los migrantes que conquistaron el viejo oeste, que fundaron un país sobre el principio de la “libertad”, escuetamente representados en una constitución que contiene 7 artículos originales y 27 enmiendas en más de 200 años. Aquellos primeros colonos, construyeron la nueva nación a pulso, con el sueño de ser el mejor país federado de la Tierra, que sea respetado por todo el mundo y no dependa de nadie.
Emergió a la superficie como la primera potencia, al estallar la segunda guerra mundial, acudiendo en auxilio de las debilitadas monarquías europeas, amenazadas por las ambiciones expansionistas de Hitler. USA demostró al mundo su capacidad bélica para frenar esas protervas intenciones y su fortalecida posición económica. Demostró, además, su convicción de defender la libertad de los pueblos y el derecho a su autodeterminación, aún a costa de la sangre de sus ciudadanos, que cruzaron el Atlántico para ofrecer sus vidas en tierras lejanas, por una causa ajena e idealista. De ahí en adelante, lideró el desarrollo de Occidente, sobre una economía de libre empresa, basada en el desarrollo tecnológico, la iniciativa privada, un Estado al servicio de sus ciudadanos y gran fortaleza bélica que se abrió, inclusive, fuera del planeta.
Ocupó el puesto de “gran hermano” dispuesto a defender a sus aliados, para lo cual conformó la OTAN, fortaleciendo sus vínculos con Europa, cuya alianza perdura hasta la fecha. Mientras que la URSS, contraparte política en el mundo, no duró mucho por mantener un modelo paternalista que pretendía imponer hasta los precios de bienes y servicios asumiendo los costos que excedían los límites impuestos por su majestad el gobernante. Todo este escenario nos ha traído hasta el siglo XXI. El puesto de gran hermano le ha llevado a USA a una especie de juicio popular, inspirado por las fuerzas políticas relegadas en las filas del socialismo, (versión actualizada del comunismo), para buscar culpables. Esta es el caldo de cultivo sobre el que ha emergido el “Socialismo del Siglo XXI” para pretender salvar los escombros del comunismo de los padres de Fidel.
En este escenario aparece, desde el “cumulonimbus” de la política, cual Superman en auxilio de la humanidad gringa auténtica, un personaje predestinado para ejercer el poder económico, y por qué no el político. Se abre paso en medio de una clase política desgastada, sin rumbo, en peligro de extinción y se propone imponer su propio guion, cambiar las reglas del juego, recuperar el autoestima americano, reviviendo aquellos valores que inspiraron a los Padres de la Patria. Es un ejercicio de regresión con el ánimo de volver a vivir aquellos “tiempos de oro” para las actuales generaciones. Ha empezado por quitarse de encima los pesos modernos que Trump no encuentra razón para soportar. Como buen “businessman”, debe eliminar las cargas onerosas que se han acumulado con el tiempo sobre las espaldas de los contribuyentes americanos, a cuenta de gran hermano. Ahora, busca un trato igualitario en todo aspecto. Ha empezado por rechazar el puesto de destino favorito de los pobres del mundo, obligando a que cada pueblo se haga cargo de sus problemas. Con estos criterios, va a rediseñar las relaciones bilaterales con el mundo y poner en subasta el rol de protector. Quiere gobernar por y para los americanos. El resto, que se las arregle como bien pueda.
¡BIENVENIDOS A CASA HERMANOS!