Cuenta la historia de un indígena constructor que, al no poder terminar a tiempo el atrio de la Iglesia de San Francisco en Quito, hizo un pacto con el diablo ofreciéndole su alma a cambio de terminar la obra antes del amanecer. Esta leyenda tiene su fase de realismo, pues dicha iglesia existe, así como se evidencia la falta de una piedra. Pero más allá del episodio que data de los tiempos de la Colonia, se evidencia una relación entre la ambición y lo que una persona es capaz de hacer para lograr su objetivo. Satanás representa al poder y su capacidad para conceder el pedido, a cambio de dominar su existencia, graficada en el alma. En nuestros días, Satanás se presenta de múltiples formas, mientras que los ruegos de los infieles son ilimitados.
Con motivo de la cercanía de las elecciones, Satanás y los infieles en busca de su intervención, afloran por doquier. Cada infiel que sueña con ser autoridad acude raudo y veloz a buscar al demonio que le puede conceder su deseo, dispuesto a someterse a las condiciones que le imponga el maligno. Obsesionado por los placeres que espera alcanzar, no mira más allá de lo superfluo del poder. Es capaz de cumplir cualquier condición, es decir esclavizarse y entregar su alma a cambio de su pedido. No tiene posibilidad de poner condiciones ni peros, pues ellas vienen dadas por el que le concederá su deseo.
En política, es vergonzoso que a la luz pública se negocian las almas de devotos por el poder, con quienes ostentan el control de las agencias de puestos políticos (partidos y movimientos). La sociedad ha perdido su capacidad de reaccionar. En este mundo de ausencia de valores, se miran con frialdad estos pactos satánicos que únicamente favorecen a sus actores y perjudican a la comunidad. Nadie se sonroja ni siente la obligación de demandar un nivel decente de ejercicio de la política. Los actores políticos se comportan como cualquier introductor de ganado que compra reses en la plaza para desposte. Con la diferencia de que los aspirantes a candidatos les persiguen rogando ser tomados en cuenta, ofreciendo sumisión y lealtad al futuro patrón.
La colección de candidatos que hasta el momento se vislumbra, desalienta a la mayoría de los ciudadanos. Muchos de ellos han cambiado de “ideología” de una elección a otra. Reaparecen con los efectos de cirugías, maquillaje, trasplantes, look renovado, dicción mejorada y demás toques superficiales, sin que haya cambiado absolutamente nada en su interior. Han perdido centenas de miles de dólares para intentar llegar al poder para “servir” (¿a quien?). Se deduce que es un buen negocio poner tanto dinero para trabajar por la ciudad por un sueldito inferior a lo que dicen que ganan en la actividad privada. Mientras que otros, primerizos, no tienen idea en lo que se meten. La ciudad perderá cuatro años de aprendizaje que jamás serán recuperados. Estas observaciones son aplicables a todos los candidatos que se presentarán en la elección de noviembre.
La triste realidad es que estamos frente a un ejército de “Cantuñas” que han aparecido de la nada, que se sienten predestinados para ejercer el poder y por ende manejar los recursos públicos, sin que se hayan tomado la molestia de prepararse para ello. Sienten que con su “cara bonita” y su chequera gorda, arrasarán en las urnas. Para que una vez en el sillón de autoridad, descubran lo que significa esa responsabilidad. Nadie podría sorprenderse de los pésimos resultados, como ha ocurrido en los últimos 20 años. No elijamos a Cantuña. Rechacemos a los demonios.
¡FUERA SATANÁS!