En el psicoanálisis de Freud, el egocentrismo se define como la instancia psíquica que se reconoce como el YO, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos del “ello”, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior. Es decir, el ser humano tiene un “centro de mando” que determina nuestras manifestaciones externas, luego de procesar las circunstancias y evaluarlas inconscientemente a la luz de nuestros principios marcados desde el nacimiento en el “ello”. Mientras que el subconsciente se lleva por los más íntimos instintos, que posiblemente ni nosotros los tengamos identificados, el consciente actúa adecuando su conducta a lo que su entorno considera apropiado. La “bestia” que llevamos dentro quiere desbordarse y expresar sus instintos sin medir las consecuencias. La convivencia humana demanda que cada ser humano “domine” a su subconsciente para que obre de la manera que le impone su entorno.
Hoy pretendo hacer una correlación entre las conductas de los seres humanos en política y sus “tres personalidades”. Ello es la parte más primitiva, instintiva y caótica de la mente humana, que no admite limites a sus instintos, enmarcados dentro de sus propios rasgos innatos de personalidad, valores morales inculcados desde el vientre de la madre y todo lo que ha absorbido del entrono en que crece, hasta su muerte.
El ego, como ya dijimos, media entre el ello y sus instintos con los ideales del superego. Es la parte más “racional” es decir pensante de nuestra psiquis, que nos adapta a las normas de la sociedad que nos rodea. Mientras que el superego en el psicoanálisis freudiano es la parte inconsciente del yo que se observa, critica y trata de imponerse a si mismo por referencia a las demandas de un yo ideal.
Cuando el superego se desmanda e impone sobre las otras personalidades, el individuo cae en el “egocentrismo” que se define como la exagerada exaltación de la propia personalidad, hasta considerarla como centro de la atención y actividad generales. Esta persona mira al mundo que le rodea desde otra perspectiva, creyéndose el dueño de la verdad, asumiendo actitudes individualistas, egoístas, prepotentes y despectivas hacia los demás.
Cree ser el centro de atención y actúa como tal, caminando con aires de grandeza en compañía de un séquito de personajes que lo único que tienen en común es el interés por recibir una tajada del botín que obtenga su “líder”. Salvo algún pariente o amigo de antes, todos los que abultan las caravanas del triunfo, son meros interesados que están apostando al ganador.
El fondo de este análisis es entender que las motivaciones que impulsan la búsqueda de un puesto de poder, en casi todos los casos, son de orden egocéntrico. La primera persona que se ve como ungido es el propio candidato. Luego debe abrir paso en cualquier organización política que tenga número para inscribir su candidatura. Ahí inicia la campaña en su favor. De ahí en adelante, deberá usar sus habilidades para convencer a quienes tienen el votito que añora. Tendrá que adaptarse a los gustos del electorado. Debe aprender a hablar, bailar, cantar, llorar, sonreír, abrazar, posar, vestir, ofrecer, prometer, superando las virtudes reales o ficticias de sus adversarios.
Todas las actividades del candidato se justifican porque alimentan su ego. Se convencen de que sus seguidores, que no son gratuitos, van detrás de él por considerarlo su líder, cuando la realidad es que van detrás del poder. Este fenómeno del egocentrismo se agrava en los pocos que llegan al poder. No admiten otra verdad que la suya. Están convencidos que sus ideas son irrefutables. Se creen predestinados.
¡NO QUEREMOS CÉSARES!