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Únicamente el cuarto poder del Estado, el Poder Electoral, desconoce que en el Ecuador se está librando una agresiva campaña electoral por ganar el voto popular para elegir las autoridades seccionales. Ilusamente, pregonan que la campaña se realizará entre el 12 y 26 de noviembre de 2026. Para variar, letra muerta que no acata nadie y desprestigia a las autoridades electorales que son las llamadas a hacer respetar las normas. La consecuencia, esta contienda se convierte en un concurso de avivatos que, unos desde el poder y otros, desde cualquier cucho que le exponga al pueblo, hacen campaña a gusto, derrochando las “inversiones” que otros arrimados al poder le apuestan a su pana, en la esperanza de que su triunfo les resuelva su vida.

La primera fase de este proceso eleccionario se vivió como una “feria de candidatos y partidos políticos”. Se exhibían toda clase de movimientos, para todos los gustos y bolsillos. Las camisetas fueron más variadas que en el campeonato mundial de fútbol. Los precios variaban con el pasar de los días. Se tranzaba en dinero, bienes, cargos, influencias, favores, contratos, viajes, becas, vehículos, entre otras disimuladas formas de compensación. Se transformó en una verdadera subasta de ”giles” que soñaban con ser alguien con poder, como lo habían soñado desde guambras. Para algo debían servir más de doscientos movimientos y partidos legalizados en el país. Además de los bancos privados, la clase política es el sector más rentable en este mundo globalizado que ofrece tantas oportunidades, sin necesidad de preparación.

La segunda fase, oficialmente llamada de “precampaña y precandidatos” visibilizó a los ungidos, vulgarmente llamados “los elementos más capaces” que la partidocracia ha descubierto. Aterrizaron unas centenas de “consultores políticos” atraídos por las oportunidades de vender humo y cobrar de veraz, salvando muchas excepciones de profesionales que lo hacen de forma permanente. Entonces empieza el show. Pasan los candidatos primerizos por los estilistas, maquilladores, dentistas, asesores de imagen, diseñadores, fotógrafos, consultores, diseñadores y muchas otras subespecialidades creadas ad hoc para este mundo de fantasía, empiezan a desfilar en la pasarela popular, caminando como candidatas a reinita que por primera vez utilizan zapatos de taco con que les causan vértigo. Tartamudean, no solo al hablar, sino en todas sus expresiones, que no son auténticos.

La tercera fase es “presentarse ante la sociedad”, en cualquier lugar que se concentre la gente, cuyo voto piensan conquistar con solo ofrecerles una sonrisa falsa, como les instruyen sus asesores de imagen. Parecen creados por inteligencia artificial. Andan incómodos por estar disfrazados de algo que no son, ceñidos a vestimenta que ni siquiera es su talla, pues deben encajar en los modelos de moda para buscar asemejarse a los “pelados” que imponen la moda y cuyo voto mayoritario es la esperanza de triunfar. Pero la ambición de poder supera a cualquier molestia que deban soportar. Toman viada, se encomiendan a sus santos preferidos y se lanzan a la calle en busca del apoyo popular.

Algunos con experiencia, son duchos en envolver a los pocos desubicados que les presten atención. Hablan mucho y no dicen nada. Más cómodos se sienten criticando a sus opositores, como si el descalificarlos les endosaría su voto. Rara vez son elocuentes al describir lo que ellos son y lo que proponen hacer. Es un laberinto que termina confundiendo a todos los que le rodean. Pero un denominador en común, donde la mayoría de los candidatos ha encontrado una actividad en que se sienten cómodos, es BAILAR. Entonces, las fiestas populares se han convertido en el refugio de los incapaces de exponer sus planes de trabajo.

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