El Colegio de Arquitectos del Ecuador, por medio de su capítulo Cotopaxi, en ejercicio de sus derechos constitucionales, ha levantado la voz para convocar a otros colegios profesionales, colectivos ciudadanos y la ciudadanía en general a “hablar sobre la convivencia urbana”. Empiezo por aplaudir la iniciativa y felicitar la visión futurista que toda comunidad debería tener sobre lo que le depara el porvenir. Son escasos los intentos de escuchar a otros y sumar criterios con miras a cambiar para mejor el rumbo de Latacunga. Nuestra comunidad no logra salir de la apatía heredada posiblemente de pequeños asentamientos humanos que intentaban salir adelante por si mismos. Atrás quedaron las costumbres de convivencia barrial, mientras Latacunga era una pequeña ciudad donde todos se conocían y tenían afinidades que se han ido perdiendo con el paso del tiempo. Roto el silencio, nos encontramos convocados a hablar sobre lo que hace nuestro entorno.
Todo forma parte de aquello que constituye el entorno en que pasamos la vida. Seguramente nos hemos conformado con aquello que ocurre desde hace mucho tiempo, que afecta de a poco la calidad de vida que vivimos. Pensemos si estamos satisfechos con el manejo de los desechos sólidos que generamos cada día desde el nacimiento; analicemos el nivel de contaminación del agua que “todos” generamos 24 horas al día, sin misericordia y sin pensar a donde va a parar. ¿Acaso estamos conscientes de que nuestra contaminación contamina los cultivos que se riegan con ellas y se devuelven en alimento para nuestro propio consumo?
El aire que respiramos está seriamente afectado por los gases que expulsan los automotores que inundan nuestras estrechas calles. La revisión vehicular no evidencia estar cumpliendo su rol para controlar emisiones. La saturación de ruido en las zonas urbanas es altamente nociva para el sistema auditivo con el que los seres humanos fuimos creados y causan daño irreversible con el paso del tiempo. La calidad y cantidad de agua no cumple estándares internacionales, causando estragos en la salud de forma lenta pero permanente.
La falta de respeto en el tránsito vehicular es notoria por parte de conductores y peatones. No se respetan las prioridades de la “pirámide de la movilidad “que reconoce en primer lugar de prioridad al peatón, en segundo lugar, al ciclista y movilidad no motorizada, y en tercero al transporte público y de emergencia. Circular en las escasas calles del centro histórico debería ser una experiencia atractiva para propios y extraños. Lamentablemente, es evidente la falta de respeto al peatón, quien debe caminar a la defensiva en aceras estrechas, llenas de obstáculos fáciles de salvar para el peatón joven y sin discapacidades, pero imposible para aquellos que requieren otras condiciones.
Las áreas verdes, que son indispensables para la salud de sus habitantes. son escasas y se han reducido con el paso del tiempo, mientras ha incrementado su población. Quien sabe cuál fue el destino de áreas verdes que en todas las lotizaciones fueron entregadas al municipio y no aparecen. Enfrentar la lacerante realidad de los comerciantes “ambulantes” es otro desafío para Latacunga urbana. Buscando las raíces del problema, encontraremos la falta de empleo, falta de autoridad para cuidar del espacio público que pertenece a los ciudadanos y la corresponsabilidad de quienes prefieren adquirir sus productos al ambulante, y no al interior de mercados destinados para este servicio.
La apropiación del espacio público por cualquier envalentonado comerciante es una inaceptable costumbre que se traslada de generación en generación como una cancha para el autoritarismo y demagogia populista. La sumatoria de estas debilidades del entorno urbano determina que el nivel de vida de sus habitantes es pobre.
¡HABLEMOS Y PACTEMOS!
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