El egoísmo es un amor excesivo e inmoderado por uno mismo que lleva a una persona a anteponer sus propios intereses, deseos o bienestar, ignorando o perjudicando las necesidades de los demás. Proviene del latín ego, que significa «yo», y el sufijo -ismo, que indica tendencia o preferencia. No cabe duda de que en el mundo contemporáneo, esta actitud, que llevamos desde nacimiento, en mayor o menor grado, gravita en el comportamiento de la sociedad que nos rodea. Seguramente es muy bajo el grado de conciencia de las personas, del nivel de egoísmo que tienen. Siempre será difícil la autocrítica. Más bien tendemos a justificar nuestro accionar y busca la debilidad en otros. Probablemente aceptamos esta condición en otras personas a cambio de que no se cuestione la nuestra.
Con esta idea en mente, podemos revisar el comportamiento de la sociedad que nos rodea, en busca de entender la razón de comportamientos que muchas veces nos sorprenden. Claramente, advertimos este comportamiento desde los primeros días de la escuela, cuando el niño interactúa con “extraños” que se acercan a su espacio territorial y compiten por la pelota, el juguete, la comida o cualquier cosa. Crecemos en una sociedad que promueve la competencia. Sentimos la necesidad de ser mejores que el otro. No es extraño que la disputa termine en riña y llanto de impotencia. Así se va marcando el territorio en cada ser, desarrollando inconscientemente su instinto de sobrevivencia, defendiendo su espacio a su manera de entender las condiciones de juego de la vida.
La adolescencia trae nuevos retos que se profundizan con el paso del tiempo. El mundo se ha vuelto muy agresivo en todo aspecto, pero resaltan las amenazas que enfrenta la juventud, expuesta a caer en las garras de organizaciones delictivas que buscan afianzar su negocio, destruyendo las vidas de familias enteras. Quienes operan esas actividades ilícitas, desprecian la vida de sus víctimas y actúan por interés mezquino que solo les beneficia a ellos. Mientras la juventud, llena de ilusiones, camina sonriente mirando hacia un futuro que está en peligro, los adultos no actuamos con la contundencia que amerita para defender a las nuevas generaciones.
El egoísmo también es evidente en la política. Probablemente sea el mayor mal que impide encontrar salida a los grandes problemas, para lo que deberían existir. Los intereses personales y de grupo priman ante las carencias de la mayoría de la población. En la cabeza de un político no cabe la posibilidad de aceptar que un contrincante tenga la razón o sea capaz de hacer algo bien. He ahí la clave para comprender las eternas batallas que se libran a vista y paciencia del electorado, buscando demostrar superioridad, destruyendo cualquier propuesta que venga de un círculo ajeno al suyo. Las campañas están saturadas de discursos destructivos de todo lo que dice, piensa o hace el adversario, pretendiendo ganar el favor del público por solo demostrar los errores de otro.
Tampoco se salva de las garras del egoísmo nuestra vida cotidiana. Basta tratar de reducir de 2 a 1 carril de circulación en una vía cualquiera, para que se encienda una competencia por ingresar primero. De la misma manera que al hacer fila para un servicio público, sacar al hijo de la escuela, tomar un producto del supermercado, etc. YO debo ser primero. No importa lo que sienta o piense el otro. Mi ego debe ser alimentado a costa de quien sea. No voy a sentir remordimiento, porque ya es costumbre. Quienes me rodean actúan de igual manera. Entonces solo queda profundizar esta actitud para ganar la competencia.
¡DOMINEMOS AL YO!
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