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El 8 de enero de 1959, el comandante Fidel Castro lideró las huestes de la llamada revolución cubana para tomarse el gobierno de la pequeña isla de Cuba, derrocando a Fulgencio Batista, un gobernante de facto que había gobernado desde 1952. La “Caravana de la Libertad” recorrió 1.000 km desde Santiago de Cuba hasta La Habana para tomar control del poder, expulsando al dictador. El discurso del triunfo prometió una verdadera revolución, desinterés personal y un gobierno democrático. Disciplina y no más dictaduras, las armas al servicio del pueblo, un proceso honesto sin los vicios del pasado, aseguró que sus líderes sabían lo que hacían, que los tiempos de “promesas falsas y de la demagogia se acabaron” para enfocarse en la reconstrucción nacional y la libertad. El pueblo lo recibió con algarabía y seguridad de que venía algo mejor.

Sesenta y siete años más tarde, el panorama es desolador. Cuba ha sido un fortín militar del comunismo al servicio del Kremlin, utilizado como punta de lanza para infiltrar el obsoleto proyecto político de la también fracasada Unión Soviética en Latinoamérica, para equilibrar el peso de Estados Unidos en la región. El mundo caminaba lentamente en recuperación de la devastadora segunda guerra mundial. Los “yanquis” estaban desgastados y no les preocupaba mucho su “patio de atrás”. Más bien concentraron toda su atención en la reconstrucción de Europa occidental y Japón. Solamente John F. Kennedy reaccionó en octubre 1962 ante la intención de Nikita Khrushchev de colocar misiles nucleares en la isla, a escasos 150 kilómetros de suelo americano.

Es hora de evaluar lo que significaron estos primeros y últimos años de una revolución comunista orquestada por la URSS, que cayó con el muro de Berlín en 1989. Mijail Gorvachov declaró el fin de la Guerra Fría y la “quiebra” del sistema centralista, abandonando a Cuba. Para su suerte, en 1999 apareció un nuevo auspiciante, Hugo Chávez, que con su “Revolución Bolivariana” entró en escena y tomó a cargo al eterno dictador Fidel Castro y su hambreado pueblo. Lo convirtió en su pastor y guía. Le cedió una trocha del poder absoluto que ejerció hasta su muerte en 2013. Pero dejó de herencia esas canonjías administradas por su conductor de confianza, Nicolás Maduro.

Para colmo de males, Tío Sam mandó a llevar de los cabellos al fraudulento presidente de Venezuela, nada menos que por haber traficado cocaína desde hace 30 años en grave perjuicio de la juventud americana, cobrando decenas de miles de muertes. Su majestad Nico I, viviendo a cuerpo de rey mientras sus otrora orgullosos hombres y mujeres se convertían en mendigos errantes por el mundo, utilizando la dulzura de sus hijos para sobrevivir, no pensó nunca que enfrentaría un tribunal imparcial para pagar por sus execrables crímenes. Caído el Rey, viva el Rey! La sucesión le correspondió nada menos que a Donald I, gracias a los méritos que le da la mayor flota naviera estacionada en sus orillas.

Se acabó el reinado de los “revolucionarios” que han saqueado al país con las mayores reservas de petróleo del mundo para dilapidar en andanzas insospechadas. Le arrastra a Cuba, que ha quemado su último cartucho para vivir de la caridad de los compañeritos que tuvieron la suerte de hacer dinero fácil. El pueblo cubano tocó fondo. Sobrevivir es imposible sin servicios, alimento, combustibles, medicinas, etc. La única esperanza que les queda es que Trump voltee la mirada hacia la isla y resuelva armar sus campos de golf para convertirla en un paraíso, como algún día fue. El destino de la Tierra de San Martín está jugado.

¡SE ACABÓ LA REVOLUCIÓN! 

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