“Las opiniones publicadas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan la opinión de la Asociación de Cotopaxenses Residentes en Quito. Todas las opiniones han sido publicadas con la expresa autorización de sus autores.

A lo largo de las distintas etapas vitales, el ser humano atraviesa transformaciones significativas en diversos ámbitos de su existencia. Desde la infancia hasta la adultez y la senectud, se producen modificaciones tanto en la morfología como en la fisiología del individuo. Estos cambios físicos van acompañados de una evolución en la intelectualidad y la espiritualidad, procesos que permiten el mejoramiento de las cualidades cognitivas y cognoscitivas. Asimismo, con el paso del tiempo, la persona adquiere nuevas habilidades y destrezas que amplían su repertorio de competencias. Sus afectividades también se ven modificadas, reflejando una evolución en la manera de sentir y vincularse emocionalmente. De igual forma, se experimenta una transformación simultánea en la relación que mantiene con la sociedad, adaptándose a diferentes contextos y roles sociales a medida que progresa en su desarrollo.

El ser humano es resultado de la evolución, pero eventualmente experimenta una involución: aumentan los procesos oxidativos, disminuyen los factores protectores y reguladores, aparecen desregulaciones y se manifiesta el desgaste físico y relacional, alterando muchos valores. Sin embargo, es preocupante saber que en fases aún tempranas puede haber otros factores que se hacen presentes modificando, parcial o totalmente, la actitud y aptitud del hombre.

A lo largo de la historia, los relatos han sido portadores de cuentos y leyendas donde la cultura, fuertemente influenciada por las creencias, dotaba de características extraordinarias a monstruos y animales. En muchos de estos relatos, dichas figuras adquirían roles de héroes o villanos y, en ocasiones, incluso eran elevados al estatus de verdaderos dioses. A estas entidades se les atribuía poder sobre la vida cotidiana de las personas, quienes debían mostrarles respeto, temerles o recurrir a ellos en busca de favores (mitos y leyendas).

Esta influencia cultural también se reflejaba en la crianza y educación impartida por los padres. Muchas veces, las figuras de animales imaginarios eran empleadas como mecanismos de control: se advertía a los niños sobre castigos que recibirían de estos seres si desobedecían las normas o, en contraste, se les prometían recompensas por su buen comportamiento. Así, las creencias populares servían tanto para infundir temor como para motivar el cumplimiento de reglas, configurando parte esencial del aprendizaje social y emocional en la vida («cucos» come gentes).

A lo largo de la historia, los relatos han servido como transmisores de cuentos y leyendas en los que la cultura, fuertemente marcada por las creencias, otorgaba a monstruos y animales características extraordinarias. Estos seres adquirían papeles de héroes, villanos o incluso dioses, influyendo en la vida cotidiana de las personas y exigiendo respeto, temor o súplica en busca de favores. Esta cosmovisión permeaba también la crianza y educación, donde figuras de animales imaginarios se utilizaban como mecanismos de control: se advertía a los niños sobre castigos que recibirían de estos seres si desobedecían, o recompensas por su buen comportamiento, consolidando así el aprendizaje social y emocional desde la infancia. Como ejemplo se puede citar al lobo feroz del cuento de Caperucita Roja.

La religión, de igual manera, nos garantizaba no ser maltratados por el dragón, las serpientes u otros animales tenebrosos como el maligno, si nuestra vida era de buen comportamiento y cumplimiento de las reglas religiosas (monstruos apocalípticos). Por lo tanto, las creencias religiosas no solo reforzaban la necesidad de cumplir normas morales, sino que también ofrecían una protección simbólica frente a entidades temidas. El temor al castigo divino o a la intervención de criaturas sobrenaturales funcionaba como una estrategia para orientar la conducta individual y social, promoviendo el respeto, la obediencia y el apego a valores establecidos por la comunidad. A lo largo de la historia, las creencias populares y religiosas atribuyeron características extraordinarias y hasta sobrenaturales a animales y seres considerados monstruosos, dotándolos de roles fundamentales en la vida cotidiana y el aprendizaje social (personajes vestidos de animales en las festividades religiosas).

Sin embargo, fue la medicina, a través de sus diferentes especialidades, la que logró poner orden en estas creencias. La ciencia médica empezó a clasificar y nombrar los fenómenos que antes se consideraban misteriosos o producto de castigos divinos, explicando su etiopatogenia y naturaleza desde una perspectiva racional. Por ejemplo, aquel hombre monstruoso exhibido en los circos, cuya apariencia estaba marcada por una abundancia de vello corporal, dejó de ser interpretado como un ser castigado por Dios. La genética y la endocrinología permitieron explicar este fenómeno, reconociéndolo como una condición médica y no como una manifestación sobrenatural. De esta manera, la medicina fue desplazando los mitos y temores ancestrales, reemplazándolos por explicaciones científicas que redefinieron la relación entre los seres humanos y los animales en el imaginario colectivo.

El ser humano, motivado por su psiquis, ha buscado dar sentido a sus afectos y deseos estableciendo comparaciones con los animales. Este impulso psicológico ha sido un factor importante en la evolución de la percepción que tiene sobre sí mismo y su entorno. A partir de estas inquietudes internas surgieron grupos considerados diferentes o minoritarios, quienes manifestaron su descontento hacia sus semejantes y se autoproclamaron defensores de los más vulnerables y desprotegidos, especialmente de los animales. Estas agrupaciones minoritarias, en su afán de proteger a quienes consideran víctimas de injusticia o abandono, han canalizado sus emociones y deseos de distinción, posicionándose como guardianes de los derechos y bienestar de los animales. Su actitud refleja una búsqueda de sentido y pertenencia, así como el deseo de marcar una diferencia respecto al resto de la sociedad a través de la empatía y el compromiso con los seres indefensos.

El ser humano, impulsado por su psiquis y la necesidad de dar sentido a sus afectos y deseos, ha establecido comparaciones constantes con los animales. En este proceso surgieron grupos minoritarios que, motivados por su descontento y búsqueda de distinción, se posicionaron como defensores de los más vulnerables, especialmente de los animales. Estas agrupaciones canalizan sus emociones y deseos de pertenencia, actuando como guardianes de los derechos y bienestar animal, y reflejando una actitud de empatía y compromiso con los seres indefensos (inclusive se crearon leyes de protección). Sin embargo, la relación va más allá de la simple identificación. Algunos individuos desean ser tratados como los propios animales, pero de una manera más humanitaria, buscando llamar la atención sobre ellos y sus circunstancias. Esta actitud puede estar motivada por el sentimiento de estar desprotegidos dentro de la sociedad en la que viven, lo que los lleva a exigir una consideración especial y a reivindicar la protección que conceden a los animales, trasladándola a sí mismos.

La sociedad moderna, especialmente representada por las generaciones más jóvenes y algunos adultos, evidencia una creciente percepción de la necesidad de cambio. Este grupo observa la importancia de prestar atención a quienes requieren ayuda y apoyo, lo que sugiere la presencia de una nueva problemática social que clama por ser atendida. El reconocimiento de esta situación se interpreta como una especie de «enfermedad social» que demanda intervención y soluciones, reflejando el sentir colectivo de quienes buscan transformar su entorno en favor de los más vulnerables.

Dentro de este contexto surge un grupo particular conocido psicológicamente como therians. Existe otro grupo llamado otherkin, o criaturas míticas, que sienten que están atrapados por estos seres. Estos individuos se identifican profundamente con los animales, adoptando sus comportamientos y características. Este fenómeno resulta especialmente llamativo en la actualidad, considerando el avance de la ciencia y la tecnología y el proceso evolutivo social. La existencia de los therians pone de manifiesto cómo ciertas personas canalizan su necesidad de pertenencia y distinción a través de la empatía hacia los seres indefensos, buscando marcar una diferencia y llamar la atención sobre su propia situación y la de quienes consideran desprotegidos dentro de la sociedad.

En la actualidad, también, se observa una tendencia marcada hacia la secularización de los actos y costumbres, lo que implica que muchas personas ya no creen en nada y prefieren actuar según sus propios criterios. Esta transformación es distinta a las experiencias previas, donde las creencias religiosas y las normas morales desempeñaban un papel fundamental en la orientación de la conducta individual y colectiva. La causa de este cambio radica en la devaluación de la moral y la ética, que durante mucho tiempo han sido el sustento de los comportamientos sociales aceptados. Como resultado, se percibe una ausencia de buenas costumbres: las personas no saludan, no piden permiso y muestran un desapego hacia las normas de cortesía tradicionales. En su afán por demostrar independencia y autonomía, buscan ser valorados bajo nuevas pretensiones que difieren de los valores establecidos por la comunidad. Este fenómeno refleja una ruptura con las prácticas que han mantenido cierto orden social, evidenciando el deseo de los individuos por redefinir su identidad y pertenencia en un entorno cada vez más secularizado y menos vinculado a los principios morales y éticos del pasado.

Con un ejemplo deseo preguntar: ¿Cómo juzgaría a un chico de 17 años que, por la muerte de su abuelita, en el velorio contaba chistes de tono subido y que, cuando murió un gatito de su propiedad, lloraba desconsoladamente y hasta se golpeaba la cabeza?. Este nuevo modo de vida, reactiva a todo, sin protección familiar, con la despreocupación del Estado, el deseo de tener un dinero fácil, los vicios que proyectan los medios sociales, el pensar que el pasado no tiene historia, que el vivir hoy es una conquista y que el futuro vendrá sin sentirlo. Entiendo que todas estas manifestaciones sean la causa de la violencia.

Compartir publicación