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Las elecciones presidenciales en Chile han causado varias reacciones tanto en el país como en el exterior. El cambio es importante y, de pronto, podrá constituir un giro de 180 grados en los campos político, económico y en lo relativo a las relaciones exteriores. De acuerdo a los resultados del balotaje, José Antonio Kast alcanzó el 58% y Jeannette Jara el 41% de las votaciones. El presidente electo, en su primer discurso, ha dicho:”Chile nos ha dado un mandato, nos pide un cambio real que no admite excusas”. Dada la diferencia importante, Jara ha reconocido su derrota. Esta actitud, hay que admitirlo, es muy propia de la democracia e institucionalidad chilena.

El presidente tendrá que lidiar con la izquierda radical “bastante intransigente y enojada”, que se expresa normalmente en las calles, con actitudes siempre violentas, destrozando todo lo que encuentra a su paso: recordemos lo acontecido durante el gobierno de Sebastián Piñera. Primicias recoge el siguiente comentario de Cecilia Mora, jubilada de 71 años: “Siento qué si la gente sale a protestar, no van a ser muy bien tratados. Yo veo a Kast como un Pinochet sin uniforme”. Esta es una de las taras de la izquierda extremista chilena que no acepta democráticamente un cambio en la conducción del estado.

Con este triunfo significativo, la izquierda va perdiendo cada vez más aceptación en la región. Este es el resultado de que las recetas mágicas de la izquierda no dan los resultados que aspiran. Va perdiendo efectividad aquellos discursos populistas que ofrecen solucionar los problemas de la gente y lo único que han logrado es solucionar solamente las aspiraciones de los dirigentes, que han vendido a la gente aire embotellado de felicidad. Esto es lo que han rechazado los electores chilenos, apoyando un responsable manejo de la economía, eliminando ciertos privilegios a grupos que defienden gratuidades estatales sin merecerlos.

Lo condenable, por extremistas y antidemocráticos, es que apenas se declaró ganador a Kast, empezaron las protestas de sectores ultraístas, dando a entender que una vez en el gobierno, ésta será la manera de actuar de estos sectores que no aceptan cambios, no respetan la voluntad de la gran mayoría, que no aceptan las recetas y forma de entender la política defendida por los seguidores de Borich, cuyo gobierno no mostró estar a la altura de las necesidades del país, principalmente en materia de seguridad ciudadana y de crecimiento económico.

La demostración del giro que dará a la política exterior de Chile, es su anuncio que romperá relaciones diplomáticas con los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, por cuanto los gobiernos de éstos países no respetan los derechos individuales, sus sistemas son antidemocráticos, han generado pobreza y migración extrema, y, por fin, hay muchos indicios que apuntan a que defienden al tráfico ilícito de drogas. Se ha propuesto apoyar toda iniciativa que tienda a eliminar estos gobiernos que por largos años han impedido que su gente escoja libremente a sus mandatarios.

Lo que sí podemos asegurar es que los acuerdos existentes de antiguo entre Ecuador y Chile serán profundizados, más cercanos y fructíferos en distintos ámbitos, atentas a las tradicionales relaciones diplomáticas y de amistad labradas en el tiempo entre ambos países. Los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad privada, en el marco de la democracia, son defendidos hoy por ambos presidentes, lo cual es muy significativo para ambas sociedades. La visita que ha hecho Kast a Noboa el pasado martes 23, para fortalecer la agenda de seguridad, la crisis migratoria y el desarrollo comercial, es una demostración más del empeño que les anima por solucionar temas comunes. 

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