El análisis de los regímenes de Guillermo Lasso, Rafael Correa, y ahora Daniel Noboa, revela patrones inquietantemente similares de concentración de poder, personalismo político y erosión de las instituciones democráticas en Ecuador. Aunque en el discurso y las afiliaciones políticas puedan parecer opuestas, sus prácticas autoritarias convergen en una realidad que asfixia a la ciudadanía y perpetúa un ciclo de abuso del poder.
Tanto Correa como Noboa han desarrollado una narrativa donde los problemas siempre son responsabilidad de terceros: funcionarios desleales, fenómenos externos (como la lluvia o el cambio climático), o la supuesta conspiración de medios, opositores y enemigos políticos. Esta estrategia, que apela a la victimización, busca desviar la atención de sus propias decisiones y errores. Es un clásico del manual del autoritarismo: construir un enemigo externo o interno que sirva de chivo expiatorio.
A lo largo de su gobierno, Correa utilizó los medios públicos como plataformas para atacar a opositores, periodistas e incluso ciudadanos comunes. Todo problema era culpa del “imperialismo”, los banqueros o la prensa “corrupta”.
Aunque más joven y aparentemente moderado, Noboa ha adoptado una retórica similar, culpando a factores externos, mientras busca presentarse como un mártir que “sacrifica su vida por los ecuatorianos”. La constante referencia a sus logros personales en lugar de a políticas claras resuena con el estilo egocéntrico de Correa.
Ambos líderes utilizan un estilo populista que gira en torno a su figura, relegando a sus equipos de trabajo a roles secundarios. Las instituciones no son más que herramientas al servicio de su agenda personal.
Noboa condecora a su padre en momentos de crisis energética, lo que genera un paralelismo con los actos de autocelebración de Correa, quien bautizó proyectos de infraestructura con su nombre.
Ambos han mostrado una intolerancia similar hacia figuras de su propio entorno que no se alinean completamente. En el caso de Noboa, su actitud hacia la vicepresidenta refleja una desconfianza profunda hacia cualquier amenaza a su poder, incluso si proviene de su propio binomio.
El uso de medidas extraordinarias o inconstitucionales para consolidar el poder es otra constante. Desde la manipulación de los estados de excepción hasta la persecución de periodistas y opositores, ambos gobiernos han demostrado poca preocupación por los límites legales.
Durante su mandato, Correa utilizó la justicia como arma, acumulando procesos legales contra opositores políticos y periodistas. Su gobierno estuvo marcado por constantes violaciones a los derechos humanos y un control absoluto de las instituciones.
Las señales que envía Noboa son preocupantes. Los juicios contra su exesposa, la manipulación de leyes a su antojo para sacar a la Vicepresidenta de su cargo, la violación de la Convención de Viena durante la incursión en la embajada de México y las irregularidades legales para bloquear a opositores políticos, como Jan Topic, demuestran que las líneas constitucionales están siendo cruzadas con la misma arrogancia.
Ambos líderes han utilizado la idea de un gobierno “eficaz” como justificación para concentrar poder y evitar el debate democrático. Noboa, educado en prestigiosas universidades extranjeras, utiliza su formación como un escudo retórico, mientras evade preguntas cruciales sobre los problemas estructurales del país, como la crisis energética, la inseguridad o crímenes de estado.
En ambos líderes existe una desconexión con la realidad.Los problemas básicos, como la falta de electricidad o la pobreza, son tratados con desdén. Las soluciones no llegan, y los ciudadanos quedan atrapados en un ciclo de desesperación que ambos líderes aprovechan para culpar a factores externos.
La represión de las voces críticas es una herramienta común en ambos gobiernos. Periodistas, opositores e incluso miembros de la comunidad internacional han enfrentado represalias por desafiar el poder.
El legado de Correa incluye leyes mordaza y ataques constantes a la prensa independiente, consolidando un entorno de miedo y autocensura.
Noboa, aunque más sutil, ya ha dado muestras preocupantes, como la revocación de visas a periodistas internacionales que formulan preguntas incómodas o la persecución de periodistas nacionales.
Ambos líderes recurren a la soberanía nacional como excusa para justificar acciones ilegales o evitar la intervención de organismos internacionales. La frase “somos soberanos, aquí se resuelve” es un eco directo de los discursos de Correa, y ahora reaparece bajo Noboa con el mismo propósito: evitar la rendición de cuentas.
El autoritarismo no tiene ideología fija; lo que define a los regímenes totalitarios es su enfoque en el control absoluto, el desprecio por las instituciones democráticas y la intolerancia a la crítica. Tanto Noboa como Correa representan expresiones de un problema mayor en Ecuador: la perpetuación de un modelo político que prioriza el poder personal sobre el bienestar colectivo.
Si no se rompe este ciclo de autoritarismo, Ecuador seguirá atrapado entre líderes que, aunque diferentes en sus métodos, son idénticos en sus fines. La solución no está en buscar un nuevo “salvador”, sino en fortalecer las instituciones, fomentar la participación ciudadana y exigir transparencia y rendición de cuentas.
En un país donde la electricidad puede faltar, pero los discursos grandilocuentes sobran, la única luz que puede iluminar el camino es la de una democracia robusta y una ciudadanía activa.