La triste historia del pueblo de Cuba ha tocado fondo. La revolución liderada por Fidel Castro, culminó con la caída del dictador militar Fulgencio Batista en diciembre 1958. Han transcurrido 67 eternos años de demagogia, bajo la bandera del decadente Comunismo que expiró con la caída del muro de Berlín en 1989. Sin embargo, el solitario comunista Fidel, encariñado con el poder, mantuvo el discurso demagógico de inicio de la revolución y desplegó esfuerzos para infiltrar América Latina, mientras su pueblo soportaba hambre, desempleo, miseria y desesperanza.
La suerte le cambió en febrero de 1999 con Hugo Chávez Frías que asumió la presidencia de Venezuela. De ahí en adelante, hasta la expulsión del poder por orden del presidente Trump, Cuba sobrevivió gracias a la generosidad del camarada Chávez, con dinero del pueblo venezolano. Se mantuvo la cúpula Castrista cubana con un grupillo de ancianos militares incondicionales a los postulados obsoletos del comandante Fidel. Jamás, en estos 67 años, se cumplieron las falsas promesas de desarrollo, libertad, democracia ni nada que favorezca al pueblo cubano. Aprendieron a vivir en la miseria y mantener viva la esperanza de mejores días, aunque nunca existió la posibilidad de que eso sucediera.
Un camino similar vivió el “socialismo del siglo XXI” invento de Chávez para disfrazar el proyecto político comunista Castrista, enlatado con una etiqueta dedicada a las nuevas generaciones. El país con las más altas reservas del mundo, estimadas en más de 300.000 millones de barriles, cayó en manos de una banda de políticos nacidos en 1.999 en el Foro de Sao Paulo, teniendo como padrinos a Inácio Lula da Silva y Fidel Castro. La franquicia de Castro llevaba las mismas consignas y promesas de un Estado inalcanzable, bajo la premisa de tomar el poder como sea y para siempre, sobrevivir con ofertas demagógicas, apoderarse de los fondos públicos, dominar todas las funciones del Estado y acabar con la institucionalidad.
Los resultados están a la vista. Han transcurrido 27 eternos años en que el otrora poderoso país latinoamericano ha venido en picada, arrastrando a la miseria a sus casi 30 millones de habitantes, y provocando la migración de más de 7 millones de adultos y niños que deambulan por el mundo en calidad de mendigos de Patria y pan, mientras los dueños de la franquicia viven en la más grande opulencia. La cereza del pastel fue la proclamación fraudulenta de Nicolás Maduro como presidente en 2024, por un Consejo Nacional Electoral creado precisamente para declarar ganadores a los Chavistas.
Posiblemente, gracias a la intervención del médico de los pobres y santo de Venezuela, Dr. José Gregorio Hernández, un día cualquiera de 2025 el controvertido presidente Donald Trump fijó su atención en el vecino con las mayores reservas de petróleo y decidió tomar control de ellas, como previniendo lo que venía más adelante. Intervino y sacó de los pelos, en la mitad de la noche, al orangután que fungía de presidente para ponerle frente a un juez Federal que le encerraría de por vida por haber atentado contra el pueblo americano con la introducción de drogas que provocaron la muerte de centenas de miles de jóvenes.
Estas amargas experiencias demuestran que JAMÁS existió la posibilidad de que esos pueblos que cayeron en manos de esa generación de dictadores corruptos, camuflados en procesos democráticos, pudieran sacar adelante a sus países. Son una franquicia demagógica para someter a la miseria a los pueblos, y los que quedan, son tan miserables que defienden lo indefendible y pretenden volver para continuar con el modelo de empobrecimiento. Mientras Maduro se muere en vida ante un juez probo y no tiene quien le escriba.
¡EL PUEBLO OS CASTIGARÁ!