El fin de las guerras: una utopía

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La frase que se hizo popular, como consecuencia de la primera conflagración mundial (1914-1918), fue: “la guerra que acabaría con todas las guerras”; sin embargo, la ansiada paz se vería afectada poco tiempo después con el advenimiento de la segunda guerra mundial (1939-1945), en cuya oportunidad se hizo uso de dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki: Japón formaba parte del eje con Alemania e Italia. Este hecho hizo que el mundo se percatara de la inmensa capacidad destructiva de las mismas y el temor de que varios países busquen obtenerla.

Entre las causas para el advenimiento de ésta última guerra fueron las duras restricciones impuestas a Alemania, como consecuencia de la firma del Tratado de Versalles, del 28 de junio de 1919, la que, a más de perder territorios bajo su dominio, sufrió fuertes sanciones, como la de haberle limitado el tamaño de su ejército, prohibición de fabricar armas, pagar grandes sumas de dinero en reparaciones, entre otras. Estas severas imposiciones devinieron luego para que el naciente partido nacional socialista de Hitler trate de “reivindicar” el honor del país, a través de su política guerrerista.

El valor de la Paz es consustancial con la aspiración de crear un ambiente de armonía y de cooperación eficaz para convivir con valores de respeto mutuo entre países, respetando el derecho ajeno, desenvolviéndose bajo normas aceptadas internacionalmente, como base de la convivencia pacífica y civilizada. Los tratados y convenios que han sido firmados son el fruto de largas negociaciones y conversaciones con el objetivo de fomentar las alianzas con fines pacíficos y evitar el uso o la amenaza del uso de la fuerza entre estados.

No siempre la Paz -sustancial para construir sociedades equitativas y prósperas-, es respetada y vista como objetivo permanente, pues siempre han aparecido a lo largo de la historia de la humanidad ciertos factores que provocan fricciones o que se incumplen los principios previamente acordados, alterándose el equilibrio y el orden mundial. En la actualidad, hemos visto que Irán, bajo el régimen de los Ayatolas establecido en 1979 y que derrocó al Sha Reza Pahlevi, incumpliendo las normas de la Organización de Energía Atómica, estaba acumulando uranio enriquecido para disponer de bombas atómicas.

No se trata pues de limitar el uso pacífico del uranio: se trata de que el gobierno iraní, conocido por su extremismo religioso y militar, no está alineado con los principios y normas convenidas para no desviar su uso y causar incalculables desastres a la humanidad. Las acciones tomadas por el régimen republicano de Estados Unidos de América sobre las instalaciones atómicas de Irán, solo hacen visibilizar, ponderar y relievar lo penoso que significa la inoperancia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y haya dejado de tener la importancia para velar por la paz y encausar la solución de los conflictos internacionales por medios jurídicos y pacíficos.

Un posible desenlace sería la de provocar la salida del régimen de los peligrosos ayatolas, dado que son los causantes de la desestabilización de una región -de por sí complicada- siempre en estado de riesgo de conflictos bélicos permanentes. Pero lo más urgente es obligar a Irán a sentarse en la mesa de negociaciones y someterse a una permanente vigilancia para que no se le permita acumular más uranio. Sólo el tiempo nos aclarará el nuevo escenario que nos espera.

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