ADAPTACIÓN Y EL MUNDO QUE CAMBIA

“Las opiniones publicadas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan la opinión de la Asociación de Cotopaxenses Residentes en Quito. Todas las opiniones han sido publicadas con la expresa autorización de sus autores.

El mundo cambia con cada día que pasa en las hojas del calendario. Lo que fue ayer, hoy posiblemente solo existirá en nuestra memoria histórica. Así de veloz transcurren las ideas, los conceptos, la materia, la tecnología, la ciencia, las costumbres, los valores, los modales y los principios. El ser humano, habitante de este mundo, se siente cada vez más desconcertado con sus conocimientos, hábitos y costumbres, no solo por la lucha generacional, sino también por el entorno y medio ambiente que lo rodea.

Al despertar cada mañana, nos encontramos con la pérdida de las buenas costumbres. Un simple “¡hola!” es todo el saludo; el cariñoso saludo matinal entre los miembros de la familia se percibe como algo raro; el beso de hijos a padres es cosa del pasado. El antes entusiasta encuentro en la mesa para desayunar en familia ahora es solo un debate de reclamos: “¡No me gusta!”, “¡No lo quería así!”, “¡Estoy apurado!”, “¡Guárdame!”, “¡Todos los días lo mismo!”, “¡Ya sabes que estoy a dieta!”, “¡Esto no lo como!”, y así una infinidad de exigencias y expresiones descomedidas. Lo peor es que ni siquiera te miran, porque tienen sus ojos puestos en el aparato de comunicación digital. Se ha perdido el respeto a la autoridad en todos los ámbitos.

Cuando apenas te desocupas de la limpieza del hogar, te llaman de la escuela o colegio, comunicando que hay problemas con tu hijo: no ha cumplido con los deberes y lecciones, se ha peleado con un compañero o, peor aún, le ha respondido groseramente al profesor. Tienes que ir a la dirección a dar explicaciones. Antes, en la escuela o colegio, nos “curaban en sano” haciéndonos pasar adelante, acudiendo a plantoneras, con una buena reprimenda y otros castigos que, si bien es cierto eran traumáticos, seguían el dicho común de que “la letra con sangre entra”, y no había necesidad de ir al psicólogo. Los chicos que visten diferente, o los que aún mantienen buenas costumbres, son vistos como raros e inmediatamente les llueven los apodos y el consiguiente matoneo.

El jefe de familia, apresurado, tiene que atravesar la ciudad para cumplir con su trabajo. En un semáforo, sin respetar la luz roja, pasa un automóvil manejado por un joven que le grita “viejo lento”. Al llegar a su destino, toma el ascensor en el subsuelo; al subir, en cada parada entran otras personas sin saludar y se acomodan empujando, a pesar de que se les indica que se ha alcanzado el peso exacto. Llega a su oficina y la secretaria le recibe con una sonrisa de compromiso, posiblemente por lo mismo que anotamos anteriormente. Revisa los documentos e inmediatamente recibe la llamada de la esposa, que le reclama por el comportamiento del hijo, porque no le ha dejado el dinero para el mercado, el dentista, la costurera y otras compras, incluyendo el dinero para el peinado y embellecimiento de la mascota. Indudablemente, por el tono subido de la señora y los problemas del tráfico y la oficina, el momento se vuelve álgido y las palabras no son las más adecuadas. En la tarde, la señora va a la sede de los “luchadores por el sexo consentido”.

Al regresar a casa, con el cansancio del día de trabajo y la mente tratando de resolver los problemas diarios, se sienta a la mesa y los problemas con los hijos y la señora continúan. Para evitar conflictos mayores, cada uno coge su teléfono para ver lo que pasa en el mundo; nadie se comunica entre ellos. Es un silencio sin beneficio.

El señor continúa con sus horas de trabajo o se mete a Internet con su computador. El trabajo sigue y los problemas también, porque compró un nuevo modelo de computadora y hay otros teclados; porque el ChatGPT no resolvió sus curiosidades; porque hay problemas de conexión; porque no tiene toda la información respectiva. Se molesta y trata de descansar revisando las noticias y comentarios del país y del mundo, pero solo encuentra noticias desagradables de la política, la economía y una sociedad que se debate en guerras y protestas de grupos minoritarios.

Se recoge en un momento de reflexión y se da cuenta de que el mundo ha cambiado. Quiere descansar y tiene que tomar tabletas para varias patologías que empiezan a aparecer con la edad. Sueña pesadillas y al otro día visita al psiquiatra, quien le diagnostica un síndrome angustioso depresivo que no sabe si apareció con los años, por la tensión diaria, o es una secuela pos-COVID.

Posiblemente, este será el día de una familia de medianos y altos recursos. En otros hogares, las situaciones serán peores, con modales que han cambiado y contrastan con la vida familiar de los abuelos, y ahora son más rígidas, graves y borrascosas, como el desempleo.

El epílogo de este cuento es demostrar que debemos reconocer que el mundo ya no es el mismo de ayer; que es necesario cambiar a otros estatus de vida a la medida de nuestras necesidades; que la tolerancia es un valor indiscutible y que debemos aprender a adaptarnos a un nuevo mundo. Podemos revisar nuestro modo de vivir, porque ha cambiado, se ha reformado o ha sido sustituido por otras costumbres o aficiones, por el avance de la ciencia, la instrumentación, la tecnología o la IA.

Hoy, la juventud protesta no por ideales, sino por moda, al igual que aquellos grupos ambientalistas, los LGBTI+ y sus variantes, los animalistas, las feministas y sus colaterales extremistas, los de agendas políticas llamadas progresistas, las nuevas doctrinas de fe. Hay cambios en la ayuda social y aparece la protesta agresiva de grupos de resentidos sociales, que buscan la vida fácil y el dinero mal habido, el enriquecimiento inmediato, el menosprecio a la vida. Hoy se mata por un plato de lentejas; están las defensoras del aborto, los cultores del sexo y la drogadicción; la defensa a ultranza de la Pachamama y la no extracción de sus riquezas, los grupos de la minería ilegal, de la deforestación; los que, a costa del medio ambiente, no son tratados con sentido lógico sino para ganar dinero de organismos transnacionales, aquellos que sostienen la llamada soberanía territorial. Inclusive, se ve la indiferencia de la juventud con la vejez y la falta de solidaridad cuando hay dificultades, junto a la viveza criolla, el soborno y la mala educación cotidiana.

Todos estos supuestos avances se van imponiendo cada vez más. Están desplazando a los valores y principios, quieren imponerse a la fuerza y, de tanto insistir, se convierten en una verdad. Se defienden sin saber los conceptos, la verdad de cada motivo.

Como una reflexión final, creo que debemos aprender lo que dice el concepto de adaptación y sus acepciones: “acción o efecto de ajustar algo a una nueva función o a un nuevo entorno, logrando que una persona, ser vivo u objeto funcione de forma adecuada en esas nuevas circunstancias”.

Podría compararse con el proceso evolutivo de las especies que les permite sobrevivir y reproducirse en su ambiente. Implica una modificación para la supervivencia.

Sin embargo, añadiría que este concepto se deberá procesar con dignidad, respeto y lógica, llenarnos de tolerancia y aceptar el cambio en el sentido de progreso y no de regresión. Desechando todo lo que choca con nuestra fe, principios, valores, deberes y derechos, es decir, como ser humano y ciudadano de bien.

Compartir publicación