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El mundo contemporáneo vive la cuarta revolución industrial, “la informática”, que se ha desarrollado a una velocidad incomprensible, precisamente gracias a la tecnología que acelera las investigaciones en todos los campos. Paralelamente la población, en particular las nuevas generaciones, se alimentan de “contenido” que les llega en todos los rincones del planeta, convirtiéndolos en ciudadanos del mundo, gracias a la comunicación inmediata rompiendo barres étnicas, geográficas, ideológicas, religiosas o de cualquier orden. Hasta aquí, el balance parece ser favorable a la humanidad. Ciertamente, muchas actividades se benefician del buen uso de estas herramientas. La velocidad de procesar información, por ejemplo, permite que se atienda en línea, de forma simultánea, a miles de personas, como cuando se expenden miles de entradas para un gran concierto.

Ahora les invito a pensar en el “contenido” de la información que circula en redes sociales, a las que tiene acceso todo el mundo. No existen normas efectivas para moderar el uso indebido de este medio de comunicación. Impera el libertinaje, amparado por el anonimato y la ubicación espacial que protege a personas mal intencionadas que buscan causar daño a terceros. El aparecimiento de “influencers”, jóvenes que tienen cierto liderazgo y atraen la atención de sus pares, independientemente de donde se encuentren o de donde vengan, ha logrado organizar las masas de jóvenes en ejércitos de seguidores que marcan lo que denominan “tendencias”. Esto incluye hábitos de vida, vestuario, moda, costumbres, lenguaje, hábitos de consumo, actividades laborales, recreativas, educativas, políticas y en general todas las expresiones de vida.

En este mundo “bien informado” surge una ola de “false news” que no son sino falsedades que se presentan como hechos reales que se difunden con la velocidad de la luz, inundando las redes sociales activas 24 horas al día, con una población de internautas ávida por novedades, chismes, asaltos, violencia, curiosidades y cualquier cosa que rompa la monotonía que aborrecen. Casi imposible distinguir lo verdadero de lo falso. Cada persona debe evaluar la credibilidad de la noticia. Pero si proviene de un canal de su preferencia, por ejemplo, divulgada por el influencer de su preferencia, entonces será creíble y será replicada a su vez a sus contactos. Mientras los individuos que no se guían por alguien que filtre la información, estarán expuestos a creer o no la noticia que reciben.

En este contexto, cabe analizar la forma de utilización de la informática por la clase política. Estos han dado un paso más y han descubierto la “narrativa” como una de las herramientas más eficaces para ganar la batalla por los votos. Narrativa es el acto de narrar y no más. Quien ejerce este acto tiene la libertad de narrar los hechos que ha elegido “a su manera”, añadiendo, eliminando, modificando, agrandando o achicando sin limite lo que narra. Es decir, tiene la libertad de adaptar un hecho objetivo y real a sus propios intereses, sin alterar el hecho, sino su interpretación. Esto se ha convertido en un arte de la comunicación, al punto que muchas autoridades han sucumbido ante la guerra de desinformación de opositores, mientras que quienes han sabido manejar estas armas en su favor, han salido triunfantes aún en casos totalmente negativos a su gestión o campaña. La guerra de narrativas subyace a la guerra visible de agresiones en busca del favor popular. Detrás de la agresión está le intención de destruir la imagen del opositor, modificando la realidad para acomodarla de manera que perjudique la imagen del adversario y favorezca al ofensor. En calidad de votantes, tenemos el reto de descubrir la verdad detrás de la narrativa que nos vendan.

¡NO NOS DEJEMOS SORPRENDER! 

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