Se ha afirmado que la política es “el arte de lo posible”, expresión atribuida a Aristóteles; su ejercicio -se entiende dentro del ámbito del deber ser-, es muy propio de aquellos que la utilizan para servir y dirigir a la sociedad. Según Marcos Hernández López, “el poder político es la capacidad que tiene un individuo, un grupo o una institución para imponer su voluntad o sus decisiones sobre otros dentro de una comunidad o una sociedad, incluso ante la resistencia”. Mucho se ha escrito respecto de este tema: recae particularmente en los que estudian la ciencia política, pero también en aquellos que aspiran formarse y ejercerla, pero otros solamente aspiran embarcarse en el poder y servirse de él.
Ronald Reagan -actor no muy famoso en Hollywood-, fue gobernador del gran estado de California y luego uno de los presidentes republicanos más influyentes del siglo XX de los Estados Unidos de América; opinaba que “la política se supone es la segunda profesión más antigua”. Añadía: “Me he terminado dando cuenta de que tiene un gran parecido con la profesión más antigua”. En qué contexto y alcance lo dijo, no podríamos saber, sin embargo, tiene un significado y alcance muy elocuente y decidor que invita a variadas interpretaciones y reflexiones, dependiendo de la óptica de quien lo haga. Podría decirse que la línea que las divide es de tal naturaleza tenue que hay que acudir a los resultados de su ejercicio para descubrir sus principales similitudes y a sus actores.
En nuestro país, resulta penoso y preocupante la falta de buenos políticos dedicados a dirigir su destino. Para comenzar, a los jóvenes no les interesa actuar en política: los más, prefieren dedicarse a cualquier otra profesión o trabajo, en suma, a desenvolverse en otras actividades menos riesgosas o prefieren no contaminarse en los ámbitos públicos. Tienen la sensación que es una actividad poco edificante, peligrosa, rodeada de corruptos que sólo buscan lucrar del poder. Basta mirar la conformación de la asamblea nacional o mirar a los que dirigen los gobiernos seccionales, para percatarnos de que están llenos de mediocres y faltos de capacidad para legislar y administrar.
A lo anterior se suma que no existe ninguna capacitación y formación de líderes que ayude a evitar la improvisación de los actores políticos en el ejercicio de sus funciones. No existe vocación de servicio, tampoco iniciativas para proponer leyes que busquen mejorar la institucionalización del país, o para sumarse a propuestas gubernamentales que sean de interés real para la ciudadanía. De ahí que se han centrado a oponerse a todo, sin someter a consideración alternativas para que sean debatidas con altura e inteligencia. Esto no es política de cara a servir los intereses y objetivos nacionales.
En opinión de Winston Churchil, “el político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”. Para que aquello se produzca, no puede ser cualquier persona, sin preparación, experiencia, sapiencia y ánimo de servicio. Lo que prima es el aprovechamiento de la ocasión para buscar protagonismo, como aquellos que salieron el 1 de mayo, día internacional del trabajo, para tratar de recuperar algo de la popularidad perdida por su ineptitud manifiesta. El poder político, entonces, es la respuesta a la necesidad de ordenar y unificar con fines de utilidad general.
En definitiva, podemos coincidir que la política debe ser altruista, seria, de servicio, para profesionales y los preparados, no para los iluminados, sapos vivos, que aparecieron bajo los designios del castro-chavismo, ellos sí, muy cercanos y practicantes de la profesión más antigua de la humanidad. Aunque hay que reconocer que siempre los hubo en toda ideología y estructura de los estados, obviamente con pocas excepciones.