No, no voy a decir ni mu de los atuendos de las asistentes al Informe a la Nación del presidente de la República. Tampoco voy a decir nada sobre el informe en cuestión: mejor no hablar de ciertas cosas.
Mi mamá era muy elegante, sabía qué se usaba para cada ocasión. Conocía de fibras y de colores, de hilos y de remiendos, de cortes y de estilos. Hasta en bata de cama era impecable; su elegancia trascendió hasta su vejez. Murió casi a los 101 años y nunca perdió su finura. Como tampoco perdió su desaire ante lo que ella consideraba de mal gusto, vulgar y de mala calidad. “Es de pacotilla”, decía de un modo…, ¡santo Dios! Mejor no hablar de ciertas cosas.
A veces, o casi siempre, tengo la sensación de vivir en un país de pacotilla, de mala calidad, donde todo funciona mal; y no me refiero ni a los políticos ni a los Gobiernos ni al Consejo Electoral. Me refiero a cosas cotidianas.
Yo, la maga maguísima de las empanadas de viento, empecé a fallar. Como diría mi madre (que también era exquisita en la cocina), me quedaban “de cargar”. Mi hermana me dijo que cambiara de harina; le hice caso y compré una que viene en funda zip lock, modernísima, pensé. Pero, al rato de abrirla, con sumo cuidado y con tijera, como me enseñaron las monjas a abrir las fundas, la harina saltó enardecida; el mesón, el perro y yo quedamos blancos. Como era de esperar, el zip lock tampoco se cierra.
Esta historia se repite cuando intento abrir una leche en envase Tetra Pak: mesón, perro y yo, bañados en leche. Y no exagero. La lista de lo que está mal es interminable. ¿Nunca se han quedado con la argolla del atún o la sardina en el dedo, con el hambre a cuestas y la lata completamente cerrada? ¿Puedo seguir con el troquelado de las fundas de servilletas de papel, con la pegatina de los pañuelitos y así hasta saecula saeculorum.
Y si salgo del ámbito doméstico, nada mejora. Se me vienen a la mente los semáforos. Y hablo desde mi estatus de peatón porque no tengo carro; me imagino que los conductores padecerán igual. Pero la descoordinación en el momento de cruzar una calle es de pavor.
Creo que llevan la delantera, por el tiempo que nos hacen perder y la joda que causan, los portales o páginas web de mi patria. No importa si son de una entidad pública o privada, estatal, bancaria o municipal; todas, todas, todas son tortuosas. Se van, se caen, colapsan, sin ton ni son.
¿Acaso miento?
Huilo Ruales, el escritor ecuatoriano, relata que creció en un total “kaos”. Graciosamente describe el desorden de su casa de juventud. Dice: “Todo lo que necesitaba un elemental funcionamiento no funcionaba y, entonces, se resolvían los requerimientos de vestimenta, comida, tareas, teles destruyendo los mecanismos con un martillo que rompa, un playo que tuerza, un alambre que ate“.
Creo que ya es hora de que los fabricantes ecuatorianos, los empresarios, los políticos y profesionales destruyan sus mecanismos actuales, con o sin martillo. ¡No están dando resultado! Tuerzan sus decisiones y actitudes, con o sin un playo, porque ¡no parece ser por ahí! Aten con cordura y humanidad cambios para un pueblo que no merece lo que vive.
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