El diccionario de la Real Academia Española define “solapado” como el adjetivo dicho de una persona que por costumbre oculta maliciosa y cautelosamente sus pensamientos. Es una persona maliciosa, reservada, taimada, ladino, cauteloso, marrajo, marrullero, astuto, sutil, sagaz, hipócrita, artero, agazapado. Mirando por nuestra ventana el paso de decenas de candidatos sonrientes, que parecen ser parte del circo que llegó al pueblo, les invito a analizar su actitud, verborrea, gesticulación, abrazos y poses. Todos ellos eran, hasta hace escasos días, ciudadanos/as comunes que deambulaban por las estrechas calles de nuestros pueblos, sin llamar la atención. Todos sabemos la actividad que ejercían previo a subir a la tarima de candidatos y milagrosamente cambiar su actitud. De pronto, se volvieron críticos de todas las autoridades, saben los males y sus remedios. Basta darles el voto, sugieren, para que todo cambie y pasemos de un desorden general con ausencia de servicios a un paraíso como nunca hemos soñado.
Lo penoso es que los electores nos convertimos en simples y aburridos espectadores, que cual mimos, aplaudimos y sonreímos ingenuamente ante quien está “actuando” un teatro político con un guion escrito por “creativos” cuya especialidad es descubrir lo que los votantes quisieran escuchar para entregar el voto. Los candidatos adoptan el rol de “don Betuto” cuyo maestro ventrílocuo habla por él. Las marionetas se dejan manipular a gusto y paciencia de sus inventores, quienes capitalizarán su inversión con creces en caso de lograr engañar a suficientes electores para alcanzar el objetivo. La enorme cantidad de candidatos, frente a la apatía de los parroquianos, les obliga a ser más creativos que sus adversarios. El papel aguanta todo y no se ruborizan siquiera al ofrecer el oro y el moro por el votito.
Escarbando un poco más en la persona que aparece de candidato, especialmente para los puestos más codiciados como alcaldes y prefectos provinciales, descubriremos que una mayoría de ellos son auténticos solapados. Partamos de analizar la actividad y el comportamiento del candidato antes de su nominación. Cualquiera que fuera su actividad, lo desempeñaba sin llamar la atención, sin pretender un trato preferente, sin pena de demostrar inseguridad o temor de tomar ciertas decisiones. Más, ocurre un cambio radical al instante de ser mirado como posible autoridad. Basta para “reinventarse” y mostrar una faceta que nunca ha tenido.
Las verdaderas intenciones del solapado/a son muy distintas de las que vende a viva voz en cada esquina mientras dure su campaña. Sin ningún empacho, promulga aptitudes que NO tiene, se transforma en moralista que castiga verbalmente a sus opositores como sugiriendo que esos errores o actos reñidos con la moral, la ética y la honorabilidad, le otorgarán al improvisado denunciante los méritos que le faltó al acusado. Jamás muestran ser tan lapidarios al momento de referirse a su paso por el poder. Afirman con sangre fría y a vista y tolerancia de comunicadores que les hacen el juego, que ellos si cumplieron con todo y no tienen de qué arrepentirse. Juran “no permitir” que alguien caiga en la corrupción, olvidando convenientemente los innumerables casos de corrupción permitidos y auspiciados por ellos. No admiten las obras inconclusas que dejaron, la falta evidente de planificación que terminó en obras innecesarias, sobrevaloradas, amarradas y con sobre precios.
Causa mucho desconcierto presenciar la metamorfosis de un ciudadano modesto que sobrevive con un trabajo cualquiera, a un “pavo real” que ya no pisa en el suelo, se siente predestinado para mandar, respira profundo mirando al infinito, se vuelve ciego y sordo para quienes están fuera de su círculo de confianza y se convierte en un actor que presenta la fachada que sus asesores le imponen. Sus verdaderas intenciones están bien ocultas.
¡DESECHEMOS LOS SOLAPADOS!
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