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Ecuador está incrustado cual joya preciosa de la naturaleza sobre la cordillera de los Andes, donde la Divinidad se ha esmerado en dotarle de todos los recursos naturales imaginables. Bajo un manto verde que alberga miles de variedades de flora, habitado por miles de especies vivas que le hacen único, se guardan a través de miles de millones de años, desde la formación del planeta Tierra, minerales y metales preciosos que el hombre debería haber sabido utilizar racionalmente en su beneficio, desde nuestros padres Adán y Eva. En los últimos 75 años, especialmente, el desarrollo de la tecnología ha sido vertiginoso, mucho de lo cual redunda en beneficio de la humanidad. Lamentablemente, la tecnología también ha creado armas más letales, precisas y masivas, que tienen en vilo a los países que no tenemos voz ni voto sobre su uso, pero sin duda seríamos víctimas de su uso.

El hombre ha explotado los recursos naturales sin la capacidad de preservarlos para las siguientes generaciones. Ahora estamos pagando los errores acumulados a través de los tiempos, por medio del cambio climático que llega hasta la puerta de nuestras casas, si acaso no se las llevó, como tristemente se evidencia en zonas rurales pobres. Pero en la gran mayoría de esos desastres, que, si bien se originan en fenómenos naturales, no son la causa de ellos, pues los asentamientos humanos han irrespetado a la naturaleza, que, a través de los siglos, ha marcado la trayectoria para las mazas de tierra, agua, lava, vientos, heladas, etc. que tienen prioridad frente a los caprichos de los osados intrusos que la desafían en condiciones desiguales.

Los asentamientos urbanos no respetan nada. Los municipios, como dueños del uso del suelo por disposición legal desde 2008, son incapaces de detener la invasión comercial irreversible. Viven corriendo detrás de los irregulares asentamientos para atender las demandas de agua potable, alcantarillado, saneamiento ambiental, que tienen por derecho constitucional demagógicamente plasmado en Montecristi, cual perro tratando de morderse la cola, lo cual nunca ocurrirá. Peor aún, cuando las prioridades personales de los ungidos como salvadores del territorio son diametralmente opuestas a sus competencias primarias y “exclusivas”.

Las consecuencias de esta triste realidad son nefastas. Estamos atestiguando los gravísimos daños a la propiedad privada de familias humildes asentadas en riveras de ríos, quebradas, tierras inestables, zonas sísmicas, montañas agrestes, etc. que, por necesidad y entendible ignorancia, arriesgan su seguridad. En estas condiciones, no es sorpresa constatar los graves daños que han sufrido tantas familias con sus viviendas y cultivos, quienes irrespetaron la naturaleza. ¿Y ahora? ¿Qué les espera para el futuro? ¿estarán dispuestos a reubicar el asentamiento en zona segura? Increíblemente, en la mayoría de los casos prefieren encomendarse a su santo favorito y volver al mismo lugar, desafiando nuevamente a la naturaleza.

Todo este relato justifica la existencia de los “comités de gestión de riesgos” en cada territorio parroquial, cantonal y provincial, con la misión de identificar los riesgos que enfrenta su territorio y, con ayuda de entes técnicos, desarrollar planes de contingencia, de reducción de riesgos y construir una población resiliente para resistir esos embates. Individualmente, es imposible que una familia enfrente estas amenazas permanentes. Los peligros acechan, pero son previsibles cuando se estudian objetivamente las expresiones de la naturaleza en un determinado espacio. Una vez ocurrido el desastre, es muy tarde para lamentaciones. Solo queda llorar a los muertos, añorar los humildes bienes que desaparecieron y empezar de “cero” con poca o ninguna ayuda del Estado, que no alcanza a atender tanta destrucción de infraestructura vial, de agua potable, alcantarillado, etc. en este cruel invierno.

¡GESTIONEMOS LOS RIESGOS!

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