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Estamos viviendo las primeras horas del nuevo año, quienes hemos sido bendecidos por la Gracia Divina, seguramente sin mucho mérito para ello, como humildes pecadores que somos. Cada ser humano tiene responsabilidades, fortalezas, debilidades, propósitos, tristezas, alegrías, ilusiones, temores, añoranzas, desesperanzas, emociones, y muchas particularidades más, que le hacen un individuo único, distinto a todos los demás. Y debemos estar preparados para salir adelante con eso, sea poco o mucho. La felicidad, por tanto, dependerá de lograr las metas que están a nuestro alcance, sin compararnos con otros seres humanos que nos rodean.

Tener el espíritu en todo momento en alto, es condición indispensable para ganar nuestra batalla al interior, antes de ir en pos de lograr los pequeños, medianos y grandes objetivos en la vida. “Solo venciéndote, vencerás” debe ser una máxima que llevemos, cual escudo, para avanzar superando los obstáculos que harán más satisfactorio el triunfo. La íntima felicidad radica en el logro de las metas que nos impongamos, que no deben ser inalcanzables, pero tampoco fáciles de lograr. Debemos actuar como Rocky Balboa y nuestro propio “coach” que conoce nuestras capacidades y limitaciones, para saber hasta dónde podemos rendir.

Necesitamos fortalecer nuestro espíritu, aquel hálito de Divinidad que nos hace distintos de las otras especies animales que cohabitan este planeta Tierra. Nuestra proyección espiritual es inseparable de la dimensión material que nos da forma. Cualquiera que fuere la disciplina que nos guíe en ese mundo que nos rodea silenciosamente, nos hará fuertes al interior y será la fortaleza para liderar el hogar que formemos, cuidar física y emocionalmente de nuestros vástagos, compañera/o de vida, padres y dependientes, y en cualquier conglomerado de personas del que seamos parte.

Al iniciar un nuevo año, es prudente que pasemos revista de cómo estamos por dentro. Seguramente, hemos superado las pruebas del año que dejamos atrás, con afectaciones a nuestro ser, de las que debemos curarnos y corregir las normas de vida para enfrentar mejor las pruebas desconocidas que nos esperan. Solamente nosotros conocemos nuestra intimidad y podemos actuar para mejorar la calidad de vida que nos damos. Es saludable hacer una pausa y evaluar el grado de felicidad que logramos, con la convicción que si es posible lograr cambios en beneficio de nuestro entorno.

Si logramos identificar lo que limita nuestro nivel y calidad de vida, podremos analizar alternativas que nos guíen en el camino, como brújula al marinero, hasta anclar en puerto seguro. El corregir ese rumbo, únicamente depende de nosotros y está a la vuelta de cualquier esquina. Debemos rebelarnos contra la conformidad, la pereza, los sentimientos derrotistas, sin esperar que nos venga a la puerta esa luz de espiritual que llevamos muy dentro. Regalémonos un tiempo para actuar como nuestro propio guía espiritual y material. Utilicemos la “inteligencia artificial” al alcance de todos, para navegar en busca de opciones para desatarnos del pasado y despegar. Aunque nos estrellemos en el intento. Nuestra realización está muy cerca. Busquémosla sin demora.

Hagamos lo que hagamos, es recomendable una herramienta muy eficaz, la educación, que debe ser un modo de vida, sin importar la edad, sexo, raza u ocupación. Existen muchas formas de educación continua, donde quiera que nos encontremos, ajustadas a las limitaciones y en cualquier materia. Muchos cursos son gratuitos, o financiados cómodamente. Propongámonos asumir el reto de superar aquello que dejamos atrás. Promovamos lo mismo en nuestro entorno familiar. Fomentemos la lectura, que mejora la calidad de vida. La única limitante es nuestra visión. Remplacemos las horas desperdiciadas en banalidades, por tiempo de superación personal. No dejemos pasar la vida. Empecemos, no mañana, sino AHORA.

¡VIVA YO!

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