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Este martes 3 de noviembre, el pueblo norteamericano se pronunció masivamente sobre la marcha del gobierno, aunque formalmente el llamado fue para renovar totalmente las cámaras bajas en los 50 estados de la Unión, y parcialmente el Senado. Las elecciones de medio término, en el mundo occidental, se convierten inequívocamente en un plebiscito sobre el gobierno de turno. Fue muy notoria la presencia de jóvenes, especialmente considerando que el voto es optativo. También resalta el crecimiento del voto por correo, que facilita la votación remota. No se han anunciado incidentes de ningún tipo. Todo hace pensar que esta fue una lid electoral limpia y la votación fue masiva.

Finalmente, los resultados empezaron a ser difundidos, con amplia cobertura simultánea en todo el territorio. El mapa empezó a pintarse mayoritariamente de color azul que representa al partido demócrata. Estados que votaron mayoritariamente por republicanos, empezaron a cambiar de color, mientras aquellos territorios demócratas se consolidaban en esa misma línea. Me atrevo a aseverar que una buena parte de votantes decidió su voto, sin pensarlo dos veces, para respaldar a su presidente o para rechazar su estilo de gobierno, tan peculiar y controvertido. Recordemos que las dos cámaras estaban controladas por republicanos, gracias a lo cual Trump gobernó estos dos primeros años de su mandato con férrea imposición de sus personales objetivos, a pesar de la oposición hasta de miembros de su partido.

El estilo de gobernar que impuso el presidente rompió todos los protocolos, en un país donde las diferencias entre los dos partidos tradicionales han sido sutiles, pues por encima de esas diferencias, se han mantenido, respetuosamente, los principios democráticos, libertarios y de respeto a los derechos individuales que consagraron los Padres de la Patria en 1787. El carácter autoritario del ejecutivo, sumado al chauvinismo, egocentrismo y poder económico y militar de la primera potencia mundial, convirtieron al otrora país democrático en una “quasi monarquía” que cambió las reglas del juego con afectación al modelo mundial de comercio, imponiendo condiciones arbitrarias, gracias a su posición de mercado más grande del mundo.

Este libertinaje político le permitió poner al mundo al borde de un conflicto bélico de impacto mundial con Irán, respaldando a Israel, los Emiratos Árabes, Qatar y otros aliados. En el comercio, dio un giro de 180 grados intentando recuperar el liderazgo de producción industrial que le arrebató China y otras economías emergentes. En lo político, redefinió unilateralmente sus relaciones ancestrales con Europa y Canadá, mientras aprendió de Vladmir Putin que es necesario vigilar el vecindario y decidió una madrugada tomar el control de Venezuela y su petróleo, mientras construía una “OTAN” para Latinoamérica para repeler focos de infección socialista y redes de narcotráfico.

El resultado de estos cambios profundos, a corto plazo, no fue lo prometido. Más bien repercutieron en el bolsillo del consumidor al interior de USA, que ya viene sintiendo una presión fuerte en el incremento del costo de vida desde hace buen tiempo. Las explicaciones acomodadas y teóricas del hábil presidente no han logrado penetrar en la mayoría de los votantes que lo rechazaron contundentemente en las urnas. Los resultados negativos para Trump, particularmente, excedieron todo cálculo. La paliza es histórica y rechaza el modelo.

Esto coloca en una situación difícil al presidente, pues debe escoger entre seguir gobernando a su manera por los siguientes dos años o tomar correctivos para enderezar el rumbo del país más poderoso. En cualquiera de estos casos, este panorama es incierto para quienes le apostaron a los cambios que por lo visto no van a durar más del término del mandato actual. Las inversiones comprometidas a Trump deben estar en revisión.

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