Celebrar los años vividos es traer a la memoria el tiempo transcurrido, saber que cada etapa fue una experiencia y un proyecto cumplido, comprobar que los sueños se realizaron y poder decir con serenidad: «Vida, nada te debo».
No todos compartimos las mismas alegrías, pero sabemos bien que solo se vive una vez. Hoy, a muchos de los nuestros los recordamos en su gloria.
Lo que deseo expresar aquí no es el elogio formal hacia un amigo ni un simple reconocimiento a la bonhomía personal; es la confesión sincera de una amistad forjada a lo largo de tantos años compartidos. La historia puede parecer común a todos los amigos, pero los hechos pertenecen a cada uno.
Nos conocimos —¡ya no sé cuándo!—; solo recuerdo que éramos niños, cuando no hacía falta presentarse. Bastaba la empatía del barrio, el convivir cotidiano entre vecinos, el afecto hacia quien te regalaba una sonrisa, la mano tendida para cruzar el río o la complicidad de sentarnos juntos en el aula escolar.
Los años pasaron y la memoria fue acumulando recuerdos. Escuchábamos la música de quienes sabían cantar o tocar algún instrumento, bailábamos al compás de la vitrola y de los discos de carbón, y dábamos serenatas a las chicas pretendidas, sin que ellas supieran al inicio de nuestros desvelos; cuando al fin se dieron por enteradas, nacieron los primeros amores. Farreábamos y jugábamos dejando el alma por los colores del equipo.
Eran aventuras de muchachos que ya nos sentíamos señores, entre las jorgas y el colegio. Más que por instinto de conservación, nos reuníamos los fines de semana en algún rincón conocido o en la casa de un amigo por pura afinidad: la broma oportuna, el buen chiste y la sana parranda. Nos sentíamos en casa compartiendo un café o cualquier comida improvisada. El tiempo y los pocos ahorros se destinaban al cine o a pequeñas excursiones gastronómicas por otros barrios; todo servía para renovar energías y seguir sumando vida.
La vida trae felicidad, pero también dolor; es parte del camino y hay que saber asumirlo. Llegó el tiempo de esforzarse por conseguir una profesión o culminar una carrera; más tarde emprendimos el oficio más retador, que es el matrimonio, y luego llegaron los hijos. La historia no siempre fue sencilla ni se limitó a un final de cuento: hubo momentos duros y dificultades que supimos superar juntos. Fueron aventuras que se resolvieron, compromisos que se cumplieron y metas que alcanzamos. Recordar es dar testimonio y abrir el baúl de la memoria, ese tesoro invaluable que siempre será la amistad.
Esta es la historia del amigo, del compañero, del vecino, del cuate de la jorga y del colega. ¡Cuán lejos estamos hoy de aquel comienzo! De esos primeros años que iniciamos entre risas y juegos ha quedado una vida entera de vivencias y recuerdos. Hoy es el momento propicio para decirles: gracias, amigos; felicidades en los años que nos quedan y una sentida oración por aquellos que ya se adelantaron en el camino.