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A mis años, “me ha dado” por desempolvar remembranzas de personas que enriquecieron esta “corta” etapa de mi existencia, y me puse a pensar en cada una de las amistades de antaño, aquellas que no las he contactado desde hace mucho tiempo, esas que se les retoma a los años, no por falta de cariño, ni por olvido, antes bien, han pasado guardadas en mi apreciado cofre de los recuerdos, añejándose como el buen vino, para después de dejarlo madurar por un largo tiempo, disfrutarlo, saborearlo, con tranquilidad en ocasiones especiales; y, qué mejor tiempo el de ahora,  para destapar ese buen vino y retomar los antiguos afectos, el hoy en que la prisa ya no gobierna mi vida, que valoro y atesoro cada momento vivido.

Los primeros amigos de la infancia: los parientes, los primos,  la gente del vecindario, aquellos de la vida cuotidiana, del diario saludo en el viejo Barrio de La Merced, de la casa solariega de mi abuela Ana María Varea Quevedo, esa estancia de la puerta enorme de madera, siempre abierta,  zaguán empedrado, jardín central y las habitaciones alrededor de él, la habitación de la abuela con el piso entablado y sus camas con sábanas blancas, almidonadas y sus sobrecamas tejidas a mano  en “hilo de chillo”, igualmente blancas. La sala de recibo, que era un cuarto que permanecía cerrado, con sus muebles color melón, con tapetes blancos tejidos a crochet, lugar reservado solamente para las visitas, con enormes pinturas en óleo a los dos costados de la puerta en donde lucían elegantísimos dos caballeros de pie, mi bisabuelo Belisario Quevedo Figueroa  y mi tío abuelo Belisario Quevedo Izurieta, en tamaño natural, los cuales me intimidaban ya que parecían vigilarme cuando entraba a hurtadillas, sin embargo; en el resto de la casa, reinaba la familiaridad, la gente entraba y salía con confianza, como en casa propia. 

Las personas de nuestro entorno era tan conocidas como la propia familia; así recuerdo a las familias de la cuadra: los Sandoval, los Subia; los Berrazueta, los Gallo, Endara, Solis, Molina, Hervas, Peña, Villacrés, Pastor, Rengifo;  eran los hogares más cercanos a la casa de mi abuela Mamani. Cuando caminaba por las calles de mi querida y pequeña Latacunga, todos nos conocíamos y nos saludábamos. En una sola cuadra siempre me encontraba con “alguien conocido”. Las tiendas barriales, eran lugar de:  encuentro, relaciones públicas, información, promoción y difusión, no existían los medios de comunicación masivos tan eficientes como los de hoy día,  ni el celular, tampoco el internet; sin embargo, las madres sabían  exactamente dónde estaban sus hijos, si alguien tenía un percance, prontamente llegaba la ayuda; y, no se diga cuando alguien se enfermaba o fallecía, la solidaridad se hacía presente “masivamente” para demostrar su respeto y cariño, funcionaba perfectamente la transmisión de persona a persona.

Recuerdo también los lugares por donde transitaba: la tienda de la señora Margarita Chiliquinga, ahí se encontraba todo de todo, en la esquina de las calles Juan Abel Echeverria y Quijano y Ordoñez, las tiendas: de la señora Beatricita Estrella, Carmelita León; las chugchucaras del “Don Goyo” en la calle Guayaquil; y, un poco más alejada de La Merced:  la tienda de las “Señoritas Quiteñas” en donde se hallaban las más ricas golosinas, el almacén de la señorita Luz Agama, los almacenes de telas de los turcos;  todos los  principales negocios en un radio de 6 o 7 cuadras; así era en donde se localizaba toda nuestra gente querida.

Y ni hablar de la amistad con los parientes, se visita sin anunciar y se entraba a las casas sin “golpear”, los primos que vivían lejísimos estaban ubicados a unas 13 cuadras, eso, ya era paseo, pero a diario, caíamos donde los tíos, sin avisar; y, siempre, siempre había una taza café con pan y queso o unas golosinas. Las distancias eran cortas y el tiempo alcanzaba para mantener esa estrecha relación que alimentaba el cariño.

El médico, el abogado, el arquitecto, todos eran conocidos y estaban “literal al alcance de la mano” sin cita previa, solo había que acercarse y si estaba presente, pues eso ya era un compromiso, las cosas y las situaciones eran fáciles, sin complicaciones. En las dependencias públicas, de la misma manera, la gente era conocida, y si no lo era, entre pregunta y pregunta siempre se encontraba algún “enlace” era prima, pariente o amiga de alguien, los empleados cálidos y dispuestos a ayudar, se apersonaban a resolver cualquier situación, en resumen, se vivía sin prisa.

En la esquina de las calles Padre Salcedo y Belisario Quevedo, se encontraba la oficina de comunicaciones de los ferrocarriles, “Marconi”, allá se debía acudir para realizar las llamadas de larga distancia, esto era a otras ciudades, allí atendía doña Livelita;  -creo que en Latacunga se inventaron los diminutivos-, todos nos tratábamos con cariño sincero; desde casa también se solicitaba las conferencias, pero el procedimiento era más largo, ya que se llamaba a la operadora y se debía esperar a que le devuelvan la llamada, conforme a la demanda del día, entonces el viaje a “Marconi” valía la pena.

En el Parque Vicente León se encontraba la “Cooperativa de los Carros de Plaza”, hoy taxis, entre otros latacungueños propietarios de vehículos, al señor Julio Garzón con su carro Chevrolet Belair color negro, es a quien más recuerdo, atendía el teléfono y prontamente arrancaba a realizar su carrera.

El Mercado Familiar de propiedad de la Familia Tovar, fue el primer Supermercado de la ciudad, ese local ya era de otra categoría, tenía un letrero muy llamativo en forma de barril de madera, característico del negocio, estaba ubicado en el parque Vicente León, en la calle Quito, hoy Pasaje Tovar, allí además se situaban las “jorgas” de jóvenes después de la jornada colegial, a conversar y mirar a las chicas arriesgadas que pasaban por el sector.

Y cuando vivía a las “afueras” de la ciudad, en el barrio Rumipamba, de la misma manera, compartíamos con  muchas queridas y recordadas familias: los Bedoya, Iturralde, Plaza, Bautista, Arias, Sánchez, solo por nombrar algunas; todos los vecinos teníamos muchas cosas en común; comprábamos todas las mañanas la leche recién ordeñada, frente a nuestra casa, en la propiedad de la  familia Bedoya y todos los días, solo teníamos que cruzar la calle y luego las rieles del tren, con suerte, a veces podíamos mirar que pasaba la locomotora con sus vagones. Nos reuníamos a ver la novela de las 8 de la Noche, en la casa de Olguita Sánchez, ya que no todos tenían el lujo de poseer televisión, eso era trasnocharse y pretexto para reunión social.

La vida pasaba sin apuro, no sé si, así lo veía yo, por mis cortos años o porque no teníamos la presión de las responsabilidades, las distancias eran cortas y nos permitían acercarnos mucho más a menudo, la familia tenía tiempo para estar más junta y las relaciones de amistad eran cuotidianas, ahora valoro la cercanía de los amigos que la vida me ha dado en todos los tiempos, sin embargo; añoro las amistades de mi niñez y juventud, aquellas que atesoro en ese querido baúl de recuerdos, y que la tecnología ahora me permite volverlas a encontrar y recordar mis primeras vivencias, mis amistades añejas.

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