CUANDO LAS CAMPANAS YA NO SUENAN

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Son las cinco de la mañana, las campanas suenan y los señores y señoras van camino a misa por las calles empedradas, en la penumbra del incipiente alumbrado público, unas pocas figuras humanas, las mujeres ataviadas con su manta negra1, que les cubre desde la cabeza; traje largo también negro o al menos de un color obscuro; en tiempo de mi abuela, contaba ella, que las acompañaba el “huasicama” quien era el encargado de transportar el reclinatorio, personalizado con el nombre de su dueña, en unos casos eran de esterilla y en otro casos forrados de terciopelo rojo, además de su propio misal y rosario. La misa diaria era obligatoria para los católicos, las había de 5 y 6 de la mañana y cuando ya era tarde la misa de siete.

Las enormes campanas de bronce sonaban nos solo para llamar a misa en los diferentes horarios; también su sonido era un referente para conocer la hora, “ya van a ser las nueve” decían al escucharlas, mirando al campanario más cercano, símbolo de todas las iglesias que se distinguía entre las antiguas construcciones, constituyéndose en elemento preponderante de los templos y por medio de los cuales se situaba a las iglesias, ya que antiguamente en las ciudades pequeñas, las construcciones coloniales no pasaban de dos plantas; y, la torre con campanas, siempre sobrepasa la altura de toda edificación, por lo que eran visibles apenas se ingresaba en los poblados.

Las campanas en mi ciudad natal, Latacunga, repicaban en las iglesias de La Merced, Santo Domingo, San Francisco, La Catedral y San Agustín, San Sebastián y El Salto; sus sonidos rítmicos y altisonantes competían, y se escuchaban todos a la vez debido a la cercanía de los templos que se ubicaban en el centro de la urbe; y, cuando se trataba de un funeral se conocía el “traslado” porque las campanas doblaban. Las misas de lunes a viernes no eran tan concurridas como las de los domingos, sin embargo, la costumbre de los católicos era asistir a la misa diaria.

Transcurridos los años la frecuencia de las misas se limitaron a los días domingos, no obstante, persistía la costumbre de que después de la ceremonia dominical se congregaban las terciarias, (asociaciones de terciarias que siendo seglares deciden realizar apostolado2), dependiendo del santo de su devoción y en el templo correspondiente sean mercedarias, dominicas, franciscanas o agustinas entre otras; permanecían en la iglesia y rezaban el oficio, un libro de varias oraciones y episodios de la vida de los santos, para este fin tenían que ataviarse con el escapulario distintivo y en el caso de los terciarios franciscanos, utilizaban el escapulario y el cordón -tal cual utilizan hoy los sacerdotes, franciscanos-; y, los niños que se denominaban cordíjeros, utilizaban un cordón mucho más delgado, diferente al de los adultos, creo yo lo hacían más por novelería que por devoción; sobra decir que esas prácticas se heredaban, y aceptaban con agrado y se continuaba con el fervor de los mayores, los oficios duraban hasta que se escuchaba nuevamente el repicar para el siguiente sermón, entre relevo y relevo también había lugar para que los devotos se saluden y crucen uno que otro cuento en el atrio del templo.

Ahora las campanas ya no suenan y esos encuentros ya no son tan importantes, los feligreses ya no se saludan unos con otros, ni se detienen a compartir conversaciones, se han diversificado los cultos y las prácticas en la misma religión católica.

Es preciso recuperar, la convivencia dominguera, volver a escuchar las campanadas nos ayudaría a recobrar la comunicación y a trascender de generación en generación, a través de compartir las anécdotas que enriquecen la historia, sin perder esos conocimientos que solo se transmiten de boca en boca; y, que hoy por hoy, casi están perdidos por la falta de plática cara a cara; por lo tanto es importante que repiquen las campanas nuevamente.


1Una tela negra transparente que señoras acostumbraban a usar cuando salían a la calle y les cubría desde la cabeza hasta los tobillos.

2“Primera orden”, para varones, la “segunda orden”, para mujeres y la “tercera orden” para laicos de ambos sexos, que anhelaban pertenecer a la orden religiosa, pero que querían hacerlo desde su estado de vida propio.

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