Las maletas, bolsos, cajas, se apilaban en el zaguán de la casa de Mamani y mi corazón saltaba de alegría, porque iniciaba el viaje de vacaciones a la Hacienda de San José de Alpamalag. El primer quehacer era llegar a la Plaza del Salto para tomar el bus que nos llevaba a nuestro destino. Los viajes solo se realizaban dos veces por semana los sábados y domingos a medio día desde Latacunga y desde Salcedo y Pujilí los días domingos y jueves. Para las “vacaciones largas” era preciso iniciar la trayecto desde Latacunga.
Los buses que pertenecían, en su mayoría, a los señores de apellido Toro, eran el único transporte que pasaba por la puerta de la propiedad, los conductores, que consideraban mucho a la señora Anita Graciela, mi madre, tenían la atención de concedernos, a mi madre y a mí, los mejores asientos, eso era junto al chofer. Una vez cargados todos los bultos de los pasajeros, y ellos mismo bien acomodados, iniciaba el viaje, que duraba casi dos horas, debido a las paradas que se realizaban, para que los viajeros puedan subir unos y quedarse en sus destinos, otros.
Los buses, con su carrocería de madera, abombada, que parecía desbordase de la estructura, más aún repleta de pasajeros que se ubicaban como podían, inclusive en banquitos de madera improvisados, que el “oficial”, como se le llamaba al ayudante del chofer, colocaba diligentemente en los espacios de circulación, y una vez constatado que no había un solo sitio libre, lo cual tomaba unos 30 minutos, arrancaba el vetusto vehículo.
El camino me parecía eterno, pasábamos por los cantones de Salcedo o Pujilí, dependiendo el día del viaje, allí se incorporaban, si el espacio lo permitía, más personas y gallinas, cuyes, conejos, canastas y costales. Los caminos, eran de tercer orden, como se los denomina hoy en día, de tal manera que no permitía ir a gran velocidad.
Cuando tomábamos el camino por Pujilí el paisaje era árido plagado de árboles de capulí y eucalipto además de pencos con sus largos “mantaqueros”, repletos de alcaparras y sigses, listos para recogerlos y hacer las cometas para el veranos, debido a que la zona no tiene gran humedad el paisaje cercano es seco y polvoriento, sin embargo, las montañas más lejanas parecían, remendadas con telas verdes de varios tonos, alegraban mi vista; más si el trayecto lo realizábamos por la ciudad de Salcedo, el paisaje era lleno de verdor gracias a que este sector es mucho más húmedo, no obstante la mayor parte de veces el viaje se realizaba por Pujilí, entonces, distraída como iba, mirando el camino e imaginándome que por dichas lomas de colores saltaban cantando por las praderas los personajes de cuentos de hadas, realmente daba igual el trayecto escogido. Como, no siempre, corriéramos la suerte de tomar el bus que pasaba por el portón de la propiedad, la fantasía duraba hasta que llegábamos a una especie de plaza natural, en donde convergían varios caminos, este sitio se denomina El Guarangal, allí nos esperaba “el Juano” como le decíamos familiarmente al mayoral que se llamaba Juan Chuquitarco; y, hasta ahí llegaba el viaje en carro, ya que el vehículo se desviaba para Cusubamba, por lo tanto el resto de recorrido lo realizábamos a pie.
Durante el camino a la casa, pasábamos por la Hacienda San Antonio, que era un oasis de verdor en medio de las tierras secas del lugar, luego por las propiedades de los Varea, por las tres esquinas, en donde confluían el camino a nuestro destino y el que conducía a Cusubamba, cerca estaba la quebrada del rio…. Y en sus laderas se ubicaban los Molinos California de propiedad de la Familia Dueñas, predio que colindaba con San José en la parte derecha del camino.
Después de caminar uno veinte minutos y de haber preguntado un par de docenas de veces a que hora llegábamos, asomaba el muro de bareque, de casi dos metros de alto y uno de ancho, que nos avisaba que nuestro recorrido estaba por concluir, sobre la tapia estaban apostado algunos niños mirándonos llegar, aunque luego de que entrabamos por el -gran portón de madera que dividía al muro en dos secciones, todas las personas desaparecían de nuestro ojos.
Me apresuraba y empezaba a correr para llegar más rápido, pasaba por la puerta que ya se encontraba previamente abierta y ante mi se abría el gran patio de cangagua y al fondo estaba la casa; pequeña, acogedora, también de bareque, con su techo de teja, en la parte exterior contaba con una viga de madera ornamentada desde la cual colgaban varias mazorcas de maíz secas; su corredor de piso de ladrillo, daba paso a la puerta interior que conducía directamente al comedor y al estrecho recibidor. Otras edificaciones rodeaban el patio central, junto a la casa el troje, en el cual se recolectaban los granos de la cosecha, junto a este la “choza entablada” al frente la Choza del Mayordomo y en otro patio pequeño con mas edificaciones, con cubiertas de paja, la cocina, el “cuarto de los cuyes” y más habitaciones de vivienda, era como un pequeño barrio.
A pesar de que el lugar no contaba con luz eléctrica, agua potable y menos aún teléfono, la estadía de las vacaciones largas, constituían para mí, una de las mejores épocas del año, este período transcurría, entre cosechas, caminatas, viajes a acarrear agua en barriles, desde el “pogyo” principal hacia la casa; también realizábamos la recolección del mishqui de varios pencos que primeramente ya estaban ahuecados en su base en donde se acumula el líquido dulce, los agujeros se cubrían con una piedra, con una cuchara redonda muy afilada se recogía aquel néctar que estaba reunido por días en cada uno de los pencos. Después de cada jornada diaria el café de la tarde a la luz de las velas y escuchar programas en el radio de pilas, portátil cubierto de cuero color negro.
Cuando llegaba la noticia de que los Estrella, familia amiga, propietaria de la hacienda más cercana, había llegado a pasar la temporada vacacional, por la noche cruzábamos con mi madre y el Juano las cementeras vecinas a tientas, para visitar a la familia Estrella, los mayores conversaban y los niños jugábamos en el patio de cangagua que estaba en el centro rodeado de cuatro chozas, ya entrada la noche regresábamos, alumbrados solamente por la luz de la luna y las estrellas.
Para mi era un deleite compartir con los niños de mi edad, alrededor del fogón, mirando como Margarita (esposa del Juano) preparaba el cuy asado, y otros manjares del campo, aunque debo ser sincera, a ellos les costaba un poco de tiempo acoplarse a mi ritmo “de ciudad”, sin embargo, inocentes como éramos, al pasar de los días nos faltaba tiempo para estar juntos, compartíamos juegos y también “trabajábamos” en la cosecha.
Con mi propia shigra atravesada desde el hombro y mi tupo amarrado en la muñeca, cosechaba las mejores mazorcas de maíz, que luego las desgranaba, las median en unas cajas de madera, las cuales tenían una de las caras inclinaba para poder descargarlas con facilidad, según el tamaño se llamaban: media, fanega o almud; y, el producto de la venta de ese maíz era mi ganancia. Cosechados todos los granos se ubicaban en la “era”, un patio de cangagua ubicado en medio de las siembras, se amontonaban en “parvas”, que parecía unas pequeñas chozas resultante del acomodo de los granos aún en su vaina, podía ser de: cebada, frejol, arveja; luego cuando ya estaban completamente secas, se golpeaban los granos en sus vainas con un mantequero (palo grande que crece en los pencos), con el objetivo de separar los granos secos y recolectarlos.
Las mazorcas de maíz se guardaban en el troje, un galpón grande, que de cada lado tenía montañas de maíz.
Terminadas las cosechas, entre “trabajos” y juegos, viajábamos con el producto de las cosechas cargadas en camionetas hacia las ferias de Pujilí o Salcedo, una vez cumplida la primera venta, emprendíamos el regreso a Latacunga, casi con la misma rutina del viaje inicial, pero, cargada de recuerdos, y con otras ilusiones como era el inicio del nuevo año escolar.