El dantesco escenario que vivió la capital en las últimas horas refleja hasta dónde puede llegar la ambición y locura humana, no importan bienes y vidas humanas que se pierden solo con el fin de alcanzar oscuros fines.
Varios testigos y videos muestran presencia de individuos buscando convertir a Quito en la Roma de Nerón, pero por suerte nuestro equipo de bomberos y la acción de la Alcaldía, tras intensa y riesgosa actividad pudieron superar este acto piromaniaco de objetivos difusos.
En la historia de la ciudad no se había visto un acto de tal magnitud como el fuego en acción destructiva, sin embargo la tragedia nos deja muchas ventanas abiertas para pensar en lo que necesitamos hacer para mejorar la seguridad de los habitantes de Quito y sus valles.
El siniestro mostró dificultades de transporte por falta de soluciones viales adecuadas para una urbe de magnitud, largas colas de vehículos caminando a golpe de rueda por las pocas y estrechas vías, lo que permite apreciar nuestra vulnerabilidad como colectividad.
La actuación profesional y técnica de los bomberos en las difíciles condiciones del bosque y la ladera fue valerosa y adecuada, el Alcalde desde el centro operativo de control ofreció información a la ciudadanía reduciendo el estrés social, sin embargo, el gran flagelo muestra fehacientemente que se requieren vías rápidas para evacuar la población en cualquier circunstancia, de ahí que, si bien hay mucho en planificación se requiere ejecución y para ello los recursos, pero hay que encontrarlos con financiamiento externo y la contribución de los usuarios. Esta es la única forma de salvar nuestra ciudad, sin embargo, requiere de una conciencia colectiva que entienda que es necesario el aporte de todos para resolver los problemas, lo que exige un gran esfuerzo de comprensión del hábitat, donde todos tienen derechos pero también obligaciones.
Los poderosos gremios del transporte tienen que cambiar su visión, porque sin cambio de actitudes no habrá futuro.