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Cuántos poemas se han hecho en tu nombre, 
cuántas las razones para llamarte mujer,
cuán inmenso pensamiento al estar cerca de tí
y que imaginativa tu figura que trasciende.

En el espejo de cada mujer hay un secreto,
está el principio y el final de cada día,
el amor recogido a la luz del tiempo,
en las huellas que dejó la esperanza.

En cada mujer la figura de una madre,
el romance satisfecho de una noche,
el sudor acumulado del trabajo
y el calor de un candil que no se apaga.

Fuiste niña y miraron tu inocencia,
tu ingenua sonrisa y despreocupada figura
de adolescente inquieta colegiala,
de fresca lozanía y escultura que se agranda.

Ya de mujer joven, la dulzura desbordante,
el amor que manifiestas y la razón porque vivir,
si eres madura, la serenidad de la experiencia,
la paciencia de una madre y el sabor del sacrificio.

Hoy entrada en años son las canas que te adornan,
hay candor en los cuentos y valor en los principios.
Eres aquella que no cuantificas las horas
y tienes espacios para seguir siendo mujer.

Creo conocerte de siempre,
convertiste de la nada la existencia,
con lo poco hiciste la bondad
y del todo arrancaste la verdad.

(Extracto de la publicación Lamindo Membrillo Agrio y Dulce, pág 17)

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