La conducta humana primitiva se hace presente en varios países europeos: gente idiotizada y desadaptada genera caos, destrucción y vandalismo. Francia es el epicentro de eventos propios de terroristas de izquierda y fanáticos religiosos extremistas. No conocen límites con tal de demostrar su baja miseria, envidia acumulada y falta de compromiso con la humanidad misma. Son hordas de matones y criminales escudados en supuestas ideas reivindicatorias que no logran procesarlas por vías racionales. A eso se suma la permisividad de los gobiernos que dejaron entrar a sus territorios a gente contraria a su cultura y costumbres. Los reclamos de estudiantes por el alza del costo de visa, vivienda, educación pública digna, terminaron deslegitimándose.
Samuel P. Huntington, escritor estadounidense, en su libro “El choque de Civilizaciones” (1996), plantea la teoría geopolítica que las guerras, tras el fin de la Guerra Fría, ya no se librarán por motivos ideológicos, ni económicos, sino por diferencias culturales y religiosas. Cabe preguntarnos: ¿Acaso ya estamos en ese escenario, o tan solo es el comienzo? ¿Será que los políticos no visualizaron adecuadamente y a tiempo que estos desórdenes se venían o simplemente los minimizaron? Resulta penoso que los sistemas de inteligencia del que disponen los gobiernos hayan fallado y no atinaron a actuar a tiempo.
Ver a París, la ciudad Luz, por su relevancia cultural, prácticamente incendiada, atacada, mal tratada, es un escenario poco menos que dantesco, que provoca toda clase de sentimientos, incluidos los de tristeza, impotencia, difíciles de asimilar, enfrentar y comprender. ¿Qué hacer? Pues bien: ante hechos de esta naturaleza, actuaciones severas se reclaman, como cerrar las fronteras, expulsar a extremistas y cambiar las reglas políticas permisivas a la migración indiscriminada, y, obviamente, cazar a los instigadores y someterlos a la justicia.
Es imperdonable el grado de complicidad de los políticos con los gestores de la violencia, aquellos que otrora defendían al comunismo, no tuvieron otra opción que irse por atacar los valores de una sociedad hermanada por principios que defienden la familia como núcleo de la sociedad, basada en la ética que es respeto al derecho ajeno, que reivindica el valor del trabajo, que no envidia al que genera empleo por sus propios méritos. Estos prefirieron la violencia como argumento, la dádiva a la falta de creatividad, la pereza a la templanza. De ahí que los dirigentes, cuya característica es la de ser vividores, aprovecharon para provocar toda clase de manifestaciones en contra de todo lo que significa progreso. En un meme que circula profusamente se lee: “Gracias Francia por sacrificar vuestro país para mostrar al resto del mundo cuán épico es el fracaso del socialismo y las fronteras abiertas”.
No se quiere reconocer que el socialismo y el islamismo están tras de estas acciones, donde flamean banderas de países musulmanes y no la francesa. En rigor están en contra de occidente. Es entonces hora de actuar para defenderse de la izquierda caduca e inservible enamorada de la violencia. Quienes hemos tenido la suerte de conocer París, recorrer sus calles, observar sus bellezas, admirar sus monumentos y acariciar su historia, nos sentimos agredidos como si fuésemos sus ciudadanos. No hay derecho alguno que la gente exija el denominado “estado de bienestar” a un país quebrado, como también que extremistas islámicos se aprovechen de las reglas occidentales de migración para actuar como lo han hecho. Esperemos que los políticos actúen como estadistas y no como lo que son.
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