La mujer muerta se llamaba Abigaíl, lo supe después por su necrológica en el diario.
Fue un domingo, un domingo cualquiera de esos que papá, con voz entusiasmada, decía: «—Guaguas, ¿no quieren ir a tomar un heladito?—». Las opciones eran ir hacia el norte por los cremosos empastados de chocolate de La Avelina o ir hacia el sur por los vistosos y dulces helados de colores de Salcedo. Ese domingo papá escogió el sur porque quería visitar a su hermano en La Brasilia, una finca en la que el tío pasaba los fines de semana.
Fue a mitad del camino cuando el despliegue de autos, sirenas y voces que aullaban nos detuvo. Papá se orilló y, sin percatarse, estacionó el auto exactamente detrás de una ambulancia. Se bajó. Creo que de debajo de la manga sacaba su maletín de médico porque siempre lo tenía a mano y siempre estaba presto a ayudar. «—Quédense aquí—», ordenó. Y ahí nos quedamos.
Fue un hombre vestido de tierno café y corbata café y sombrero café, al que el pantalón de basta le quedaba muy largo y se lo arremangaba con dificultad porque traía una gran cámara fotográfica en las manos, el que nos alertó de lo que veríamos después y que él fotografiaría con entusiasmo.
Un bus había embestido a un automóvil familiar, matando a toda una familia. La familia de la muerta que se llamaba Abigaíl. Papá ayudaba con primeros auxilios a los pasajeros del bus mientras las puertas traseras de la ambulancia aparcada delante de nosotros se abrieron pesadas. Dos hombres las abrieron y otros empezaron a meter los cuerpos. El entusiasmo del fotógrafo crecía tanto como mi miedo.
Vi a Abigaíl con un solo zapato y un saco verde, el pelo negro, corto y tieso. A su lado, un hombre también con un terno café y corbata, como los del fotógrafo, que se entremezclaba entre enfermeros, camillas y cadáveres. El hombre no traía zapatos. Entre los brazos ya rígidos de la mujer muerta, un bebé yacía con mono de lana blanco. La rigidez de la muerta atrapaba al bebé, haciéndolos parecer un solo cuerpo. Los enfermeros forcejearon hasta separarlos y un comedido alzó al bebé de las muñecas para que el fotógrafo hiciera la última foto y las puertas de la ambulancia, por fin, se cerraran.
No sé cuántos días posteriores no dormí, no sé cuántas veces leí el parte mortuorio de una familia entera que murió un domingo de helados y cuyo apellido he olvidado. La noticia también la leí: Abigaíl era la abuela del bebé que llevaba en brazos en el momento del accidente; el hombre sin zapatos, su marido; otros cuerpos que no vi, porque yacían tapados en el piso, eran del resto de la familia. “El chofer huyó sin dejar huella”, terminaba la noticia.
“(…) nuestra experiencia siempre termina siendo una historia, una narrativa que creamos”, dice Agustina Bazterrica en su libro Literatura o muerte. Aquí nuestros recuerdos nos cuentan que nada cambia, pienso yo. No importa el tiempo transcurrido, no importa que 60 años después, con mejores carreteras, automóviles y buses más seguros y una tonelada abrumadora de leyes que no se cumplen, estas historias en las carreteras sigan pasando mientras choferes y autoridades siguen huyendo.
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