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Es criterio general que en una guerra todos pierden, pero mismo tiempo se impone el más fuerte sobre el débil o el más hábil doblega o controlar al enemigo. La civilización ha estado repleta de conflictos de todo tipo que han hecho de este mundo un permanente polvorín: la capacidad del hombre para buscar poder y riquezas es permanente y consustancial a su existencia. Aspiraban también a tener garantías y sobre todo seguridad para conservar sus logros, conquistas, reinos y la vida de su gente. En todas las etapas históricas ha sido una constante que las sociedades vivan en zozobra.

Hay también otro tipo de guerra igualmente agresiva y despiadada: la psicológica. Se trata de una estrategia cuidadosamente trabajada para influir en el comportamiento del rival y de esta manera controlarlo, sin recurrir al uso de la fuerza o de las armas. Se la aplica no solo en tiempos de conflicto sino en cualquier época (en la guerra fría, por ejemplo). Los estudiosos han reconocido que Estados Unidos lo utilizó con ocasión de las guerras de Vietnam y la Guerra del Golfo. Claro está que esta acción no siempre resultó una garantía de triunfo. Si quieres paz, prepárate para la guerra. Se la describe como “una paradoja que ha guiado las estrategias militares y diplomáticas de muchos países”. Esta frase “si vis pacem, para bellum” – cuyo origen proviene de la antigua Roma-, consistía en que el estado, muy bien preparado, es menos expuesto a ser atacado: el principio básico de supervivencia es el que prevalece. Y gracias a su fortaleza militar, Roma se convirtió en imperio y se alzó con grandes territorios a través de acciones militares o de exhibición de poder.

Los imperios actuales también quieren alzarse con territorios, ejercer su liderazgo y convertirse en dueños del mundo, Rusia atacó a Ucrania e inició una guerra, obviamente desigual, que encontró respuesta firme, valiente y decidida de Ucrania; y, por otra, Estados Unidos aplicó la estrategia de la guerra psicológica, a través de Trump, para doblegar al presidente Zelensky. La prueba de esto fue el evento realizado el viernes 28 de febrero transmitido en vivo y en directo desde la mismísima sala Oval de la Casa Blanca, en presencia de incrédulos periodistas. El metido del vicepresidente Vance contribuyó a que este “diálogo” se torne en un desastre.

¡Zelensky fue literalmente acorralado! Presionado para que firme un acuerdo, condicionado a favor de Estados Unidos para conseguir la paz con Rusia, no tuvo eco en el presidente ucraniano, puesto que significaba sacrificar intereses económicos, políticos y de soberanía para su invadido país y sacrificado pueblo. Europa, desconcertada, apoya a Zelensky, y quiere buscar una solución obviamente contando con Estados Unidos. En el viejo continente ha recibido demostraciones de afecto y solidaridad, puesto que, además, la seguridad de Europa también está en juego.

Es imprescindible que todas las partes mantengan reuniones para buscar una solución al conflicto, solución que no puede dejar de lado prescindiendo de Ucrania que es la afectada por esta guerra que no la inició. Deben participar, además, Estados Unidos, Europa, Rusia y el más alto representante de la OTAN, puesto que está en juego la seguridad de la región. Solución que proviene de imposición: sin contar con Ucrania, no garantiza una paz duradera y esto lo saben todos.

El día 4 de marzo, en el informe al Congreso sobre el estado de la Unión, el presidente Trump insistió en sus políticas que son ya de conocimiento general, incluyendo lo relativo a Ucrania. Antes, el Reino Unido y otros países aliados de Ucrania se han comprometido a rearmar a Zelenski con “botas en el terreno y aviones en los cielos”. Rusia advierte que la paz no llegará “si Kiev no la busca”. El presidente de Ucrania, al hacer un análisis estratégico de la situación, ha anunciado que está dispuesto a volver a negociar. Todos, es decir, los no involucrados queremos paz, aunque los traficantes de armas no compartan con nosotros.

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