Nuestro sistema democrático, como forma de gobierno, penosamente no alcanza la madurez requerida y desea lograr vivir en armonía, respetando y reconociendo la auténtica y libre determinación de la ciudadanía para elegir a sus mandatarios. Los verdaderos demócratas son aquellos que saben actuar con honor y decencia aceptando el triunfo del contendor; su rol es asumir la oposición responsable, que implica ser factor de control y vigilancia, procurando se corrijan los errores que se den en el ejercicio de las funciones del gobierno.
Los perdedores – en este caso, los malos perdedores-, solamente han demostrado su frustración, culpando a terceros por sus propios errores, o que les hicieron fraude, sin reparar que no estuvieron a la altura de la historia: no supieron revertir el hartazgo manifiesto de la gente, y haber navegado en contracorriente, sin brújula y lejos de encontrar el puerto al que alguna vez arribaron. Y querían volver, pero se encontraron con la barrera de más de un millón ciento cincuenta mil votos de diferencia.Como reflexiona Rodrigo Borja (Enciclopedia de la Política), “la forma más elaborada y efectiva de oposición es la de los partidos políticos en los estados democráticos…”. Añade: “la oposición respetada es, pues, un elemento de los regímenes democráticos, en los que se considera que la discrepancia es un factor de acierto y refundación de las tareas gubernativas”. Como podemos apreciar, la oposición es consustancial al sistema democrático y al estado de Derecho.
Rodrigo Borja continúa: “Oposición no es subversión ni resistencia armada: es debate de ideas y conquista de la opinión popular”. Más, conociendo, como conocemos, al sector perdedor, no precisamente son proclives al debate sensato y de altura, sino más bien son inclinados a buscar bronca, destrucción o boicot, para no dejar gobernar y encontrar el momento propicio para, a río revuelto, llegar al poder. Con sectores así no puede existir diálogo y consensos que valgan la pena.
El ganador de estas elecciones definitivamente está del lado del cambio, de la transformación del modo de hacer buena política; está empeñado en trabajar para que los ciudadanos, sus hijos y familias tengan un mejor futuro, donde su esfuerzo sea recompensado y constituya un acicate de progreso. Tiene el mandato de cambiar varias leyes para bien de la gente que aspira laborar, principalmente de aquellas normas que impiden crecer y adecuarse al mundo actual. Países vecinos adecuaron hace rato sus leyes laborales que les permitió crecer y recibir inversión extranjera cuantiosa.
Ya hay reacciones de dirigentes que hacen alentar días mejores. Fernando Guamán, líder indígena de la provincia de Chimborazo, ha manifestado: “No estamos para calentar las calles, sino para construir el país”. Al marcar distancia de los correístas perdedores, este joven ha declarado con énfasis que ahora el “Ecuador necesita unidad, no confrontación”, alineándose así con los que piensan que el compromiso es con “el diálogo y la paz social”. Esto si es digno de que se tome en consideración, al momento de que se adopten decisiones, orientadas a gobernar, ahora sí, para todos los ecuatorianos.