Cuando éramos jóvenes escuchábamos de nuestros mayores decir el siguiente refrán: “Paredes y murallas, papel de los canallas”. Se referían cuando aparecían insultos, difamaciones o cualquier otra ruindad en contra de determinada persona. Se trata de un “adagio popular antiguo que descalifica el grafiti, el vandalismo o los mensajes anónimos escritos en lugares públicos”. Provenían generalmente de gente perversa, cobarde, primitiva, pagada o de poca cultura; expresaban frustraciones en algunos casos, resentimientos en otros y en general posiciones políticas adversas, siempre amparadas en el anonimato.
El graffiti tiene su origen en Roma: fueron manifestaciones populares para dar a conocer pareceres y formas de reclamo. El graffiti moderno, muchos de ellos curiosos y risibles, invitan a la cháchara y a los comentarios de la gente, dado el ingenio o “chispa” de sus autores. También aparecieron como expresiones culturales, o espacios para la pintura ciudadana y popular, que se podían identificar a sus autores y artistas, por carentes de espacio adecuado para dar a conocer sus habilidades. Claro que no todas estas expresiones gozan de aceptación general, ya por la temática, ya por el mensaje implícito que trae.
Con el advenimiento de la “sociedad digital”, el graffiti contiene toda clase de insultos, diatribas, expresándose en las diversas redes que se reproducen de manera exponencial, difícil de controlar. También hay anonimatos o autores ocultos que no les interesa aparecer por cualquier razón. A través de éstos se puede decir cualquier cosa que a muy pocos le interesa saber quien lo generó, sino el mensaje propiamente dicho, y dependiendo de su contenido es reproducido instantáneamente.
Este fenómeno es ahora universal: el insulto, la descalificación, o la denigración, son muy comunes en todos los órdenes, desde lo personal, ideológico, político, hasta lo religioso. No hay límites: la gente no repara en el daño que causan, el ejemplo que ofrecen y las consecuencias que desatan. El respeto a la dignidad humana, es cuestión del pasado. Vivimos en constante guerra no por defender ideas, sino para generar caos y desinformación.
En este tipo de guerra, no hay ganadores, solo perdedores. Ejércitos de trolls son los encargados de atacar y otros de parecida calaña responden con tal vehemencia e ímpetu que les obliga a empezar otra, utilizando otras armas más destructivas. No se vislumbra que esta forma de expresión vaya diluyéndose o atenuando en el tiempo por lo perniciosa que resulta para que la convivencia social sea algo llevadera. La ley, en algunos casos, puede ser un arma de disuasión; más, podrá resultar en nada si no se da ejemplo y se busca una educación temprana en valores.