A pocas horas del inicio del nuevo período legislativo, el país abriga la esperanza de que exista una renovación profunda, dejando atrás los bochornosos incidentes que han ocurrido en los últimos 45 años, provocando una inestabilidad política que ha sido una de las causas principales para el estancamiento del que no podemos salir. Los milagros, aunque escasos, existen. Es uno de los retos que enfrenta la nueva clase de políticos jóvenes que asumen el “relevo generacional” que se ha producido en las últimas elecciones.
Apenas sobrevivieron dos corrientes políticas; el populismo del SS XXI que representa al electorado con tendencia de izquierda, que no tiene otras opciones reales ante el debilitamiento de partidos tradicionales, y ADN que representa al modelo económico de libertad, crecimiento hacia afuera con inversión privada, manejo fiscal responsable, estabilidad política y económica, considerado de derecha moderada. Esta condición de equilibrio, no la hemos vivido desde la época de hegemonía de los olvidados partidos conservador y liberal. Es un mensaje claro y fuerte de los votantes, que han promulgado el certificado de defunción para aquellos experimentos fracasados desde 1979.
¿Qué esperamos del nuevo cuerpo legislativo? Debemos demandar transparencia. El “Parlamento” significa el foro donde los representantes del pueblo se dispongan a parlar, escuchando y exponiendo, hasta encontrar los puntos de coincidencia para legislar en favor del pueblo. Deben hacerlo exponiendo sus razones públicamente, con altura, y escuchando a sus colegas con el debido respeto, hasta alcanzar una resolución mayoritaria y quizás de consenso.
Debe tener como objetivo identificar los grandes objetivos que a corto, mediano y largo plazo debe aspirar el país, priorizando su accionar en mérito a las necesidades del pueblo. Es hora de construir un “proyecto país” que se extienda por al menos los siguientes 25 años, construido con la participación efectiva de “todos” los actores organizados de la sociedad. El futuro del Ecuador debe ser planificado y nunca más “improvisado” por grupúsculos políticos que resuelven nuestro destino en función de sus propios intereses. Debe imperar el análisis crítico y técnico de las realidades y posibilidades para nuestro país. Las nuevas generaciones son capaces de lograrlo.
El norte de su gestión debería estar marcado por el destierro de la corrupción, que ha hecho metástasis en la gestión pública. Tienen mucho por hacer para extirpar el abuso de autoridad que marca la gestión de funcionarios públicos en los cuatro niveles de gobierno, desviando los escasos recursos disponibles para beneficiar a audaces contratantes, proveedores, contratistas, fiscalizadores, directores, burócratas, etc. con ayuda de una legislación que lo permite e inclusive los blinda contra las sanciones que debería imponer el poder judicial.
Es necesario que se llegue al fondo de los problemas estructurales, para replantear estructuras sostenibles en el tiempo. La demagogia debe ser eliminada de la legislación, para ser reemplazada por propuestas sustentables, para alcanzar los objetivos propuestos, en beneficio de amplias mayorías. Aquellas propuestas que solamente viven en los discursos de barricada, deberían ser desechadas con frontalidad. La participación de la ciudadanía organizada, debe ser permanente en la construcción de soluciones pragmáticas.
Aspiramos que desde el primer día nos den muestras de esta nueva forma de ejercer el encargo que les dimos. Es hora de corregir el rumbo del país. Estamos viviendo un mundo con distintas reglas y debemos adecuarnos rápidamente para aprovechar las oportunidades y prevenir las amenazas. Ecuador tiene todas las condiciones para alcanzar un desarrollo sostenible y un mucho mejor nivel de vida para las grandes mayorías. Los votantes ya decidimos por el cambio. Ahora corresponde a los elegidos, ejecutar los cambios necesarios. Debemos caminar juntos para lograrlo. Dios está con ustedes.
¡ADELANTE JÓVENES!