Ecuador vive momentos de incertidumbre. Su índice de democracia es bajo, un hecho que no sorprende a quienes habitan un país donde los procesos electorales carecen de transparencia, la institucionalidad está erosionada, la participación política es mínima y la cultura política es débil. Más preocupante aún es el irrespeto a los derechos civiles, que refleja el daño profundo en el tejido democrático de la nación.
En este escenario, los extremismos, ya sean de derecha o de izquierda, se han convertido en un peligro constante. Ambas caras de esta moneda terminan inevitablemente en regímenes totalitarios, donde el control absoluto, el desprecio por las instituciones democráticas y la intolerancia a la crítica se convierten en las normas de gobierno. Ecuador, atrapado en este ciclo, enfrenta una encrucijada: perpetuar este modelo o construir una democracia genuina y participativa.
Los extremos políticos son un espejismo. Prometen soluciones rápidas, héroes infalibles y una narrativa de redención que apela al descontento social. Sin embargo, la historia, tanto en Ecuador como en el mundo, nos enseña que los regímenes extremos terminan sacrificando las libertades individuales y amenazan al bienestar colectivo en el altar del poder absoluto.
Durante su gobierno, Rafael Correa consolidó un modelo de control político y judicial, persiguió a opositores y debilitó las instituciones democráticas. Su narrativa de lucha contra los enemigos externos ocultó una acumulación de poder que marginó a las voces críticas.
La extrema derecha de Noboa, aunque diferente en estilo, el enfoque de Noboa apunta hacia la centralización del poder y el desprecio por las reglas institucionales. La exclusión de opositores políticos, la manipulación de los procesos democráticos y la retórica de la victimización son señales preocupantes de un camino que podría llevar al mismo destino autoritario.
Estos liderazgos, aunque aparentemente opuestos, comparten un objetivo: priorizar el poder personal por encima del bienestar colectivo.
El bajo índice de democracia en Ecuador no es solo un número; es un reflejo de un país donde las instituciones son vistas como obstáculos, no como pilares de estabilidad. La falta de transparencia en los procesos electorales y la desconfianza generalizada en las autoridades alimentan un ciclo de apatía y descontento.
Los ciudadanos, desilusionados y desinformados, se sienten desconectados del sistema. La política se convierte en un espectáculo, y la verdadera participación política en la toma de decisiones es casi inexistente.
En este ambiente, las libertades fundamentales y los derechos civiles —la libertad de expresión, de prensa y de asociación— son las primeras víctimas. Las voces críticas son silenciadas, y el espacio para el debate público se reduce a un eco de lo que el poder decide permitir.
Si Ecuador no rompe este ciclo de autoritarismo y extremismo, su futuro estará marcado por la perpetuación de un modelo político fallido. Cambiar de líderes sin cambiar las estructuras solo prolonga el problema.
La solución no está en buscar un nuevo “salvador” que prometa resolver todos los males. Esta búsqueda, cargada de esperanza y desesperación, solo ha servido para consolidar líderes que explotan la fe del pueblo para sus propios fines. En cambio, la respuesta radica en fortalecer las instituciones, exigir transparencia y fomentar la participación ciudadana.
Ecuador necesita más que discursos grandilocuentes; necesita acción. Es hora de que los ciudadanos recuperen su poder, que se reconozcan como actores clave en la construcción de una democracia sólida y que rechacen las promesas vacías de los extremos.
Sin una ciudadanía informada, no puede haber democracia. Es fundamental educar a las nuevas generaciones sobre sus derechos y responsabilidades, una educación cívica es fundamental.
Los procesos electorales y las decisiones de gobierno deben ser claros, transparentes y accesibles para todos. La opacidad es el refugio del autoritarismo.
Las comunidades deben encontrar maneras de involucrarse en la toma de decisiones y en la participación, desde el nivel local hasta el nacional. Solo con una ciudadanía activa se puede evitar el secuestro de la democracia.
En un país donde la electricidad puede faltar, pero los discursos nunca, la única luz que puede iluminar el camino es la de una democracia robusta. Una democracia que no dependa de líderes carismáticos, sino de instituciones sólidas y ciudadanos comprometidos. Una democracia donde los derechos civiles no sean privilegios, sino garantías.
Ecuador tiene una elección que hacer, no en las urnas, sino en el corazón de su sociedad. Puede continuar en el ciclo de los extremos, cediendo su destino a quienes prometen demasiado y entregan poco, o puede construir un camino hacia la verdadera democracia. El momento de actuar es ahora. El futuro no se construye con promesas, sino con la voluntad colectiva de un pueblo que rechaza los extremos y abraza la responsabilidad de ser libre.