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El Ecuador es un maravilloso país, joya del continente, incrustado en el lugar más estratégico del planeta, dotado de todo lo mejor que la naturaleza puede dar, poblado por gente amable, trabajadora, que desea vivir por su propio esfuerzo, que ama su entorno y quiere preservar la naturaleza. Es decir, es un paraíso que a duras penas ha hecho uso racional de estos recursos para lograr construir una economía sostenible que genere los ingresos suficientes para atender las ilimitadas aspiraciones y necesidades de sus habitantes, promoviendo la generación de empleo de calidad para hacer realidad la buena calidad de vida que todos aspiramos.

Ahora, el pueblo ecuatoriano ha entregado el mando de esta nación al joven profesional Daniel Noboa, que promete construir una estructura político-administrativa llamada “nuevo Ecuador” y convoca a todas las organizaciones sociales a participar en el intento. Esta participación ciudadana fue introducida en la Constitución de Montecristi, que poco o nada ha cambiado nuestra vida republicana, por no ser de interés de quienes ostentan el poder. Prefieren disfrutarlo a su capricho, sin interferencia de ciudadanos que no se identifiquen con su proyecto político. No ha existido, hasta el momento, un proyecto político construido desde las bases de la sociedad, con legitima y real participación de quienes son los beneficiarios o perjudicados de sus efectos.

Resulta ser, en definitiva, un ambicioso propósito del presidente Noboa, construir un nuevo modelo de conducir el Ecuador hacia puerto seguro. Una gran parte dependerá de sus capacidades, visión, decisión política, entrega y liderazgo. Por otro lado, depende de los otros poderes del Estado, especialmente legislativo y judicial. Estamos presenciando un Asamblea distinta, ejecutiva, que trabaja a la luz pública, donde participan muchos elementos nuevos en política. Aspiramos que no estén contaminados como la vieja guardia y dispuestos a elegir lo mejor para el país, inclusive llegando a dar su voto desobedeciendo a las viejas estructuras que no quieren abandonar el control de sus caducas estructuras. Finalmente, en el poder judicial existe una imposición del pueblo, hastiado de tanta corrupción, para impulsar la continuación del proceso de depuración de jueces que inició Diana Salazar, hasta lograr transformar la justicia en el Ecuador.

Faltaría entonces, sumar a los ciudadanos. Por donde empezamos, sería la pregunta. Sin desconocer las organizaciones de base que tienen algunos sectores de la sociedad, como los indígenas, no se han visto intentos serios y sostenidos de convocar al resto de la población para analizar las realidades de nuestra existencia. Nos corresponde discutir alternativas, y definir objetivos claros, realistas y prioritarios, sobre los cuales nuestros mandatarios construyan el país que realmente queremos. Se escuchan que existen reuniones de miembros del Ejecutivo y legislativo con supuestos lideres, que deben ser los mismo de siempre, que no ceden su espacio y toman el nombre de la mayoría de los habitantes, que nunca se enteran del uso de su nombre.

Con todas estas buenas intenciones, entonces cabe dar los pasos para construir el proyecto de nuevo país de la mano de los ciudadanos que viven la realid.ad y son los llamados a construir consensos sobre los más grandes objetivos a mediano y largo plazo. Solamente resta la convocatoria abierta y organizada por parte de asambleístas, ministros, dependencias públicas, etc. Ahora mismo se discute una reforma al Código de la democracia. ¿Acaso no deberían más bien tomar distancia las organizaciones políticas por ser parte interesada y dejar que sea la sociedad que establezca las reglas del juego para desmontar las trampas que favorecen a ciertos actores? Esperamos que los discursos de campaña se hagan realidad. El reloj marca el paso inexorable del tiempo.

¡NO MÁS DE LO MISMO!

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