Mónica Varea Maldonado
Mónica Varea, escritora ecuatoriana de literatura infantil, nacida en Latacunga, en 1958. Desde 1996 se dedica a la escritura y al negocio de librería, fundando La Rayuela en Quito. Su obra creativa incluye algunos cuentos muy conocidos.
Actualmente es columnista en el diario El Universo. Además, escribe artículos con diveras temática en prestigiosas revistas del país.
Des-vergüenza
Un mensaje de WhatsApp me recuerda que han pasado 50 años desde el día en que me gradué de bachiller. Un mensaje de WhatsApp, casi de madrugada, sacude en mi mente los días de 1976. Días de esperanza en los que los profesores hablaban de la “siembra del petróleo” y
Silvia Buendía
Justamente cuando me había quedado sin palabras, me llama Raúl. –No me ha mandado su artículo –me dice. Justamente cuando estoy lejos, y ya empiezo la cuenta regresiva para el día de la despedida. Justamente cuando leo las noticias de mi país y me quedo sin palabras al leer: “Silvia
Como sotana de Monseñor
En Latacunga había un Monseñor. Usaba una larga sotana negra con ribetes, fajines y botones de color fucsia que se abotonaban interminables desde el cuello hasta la punta del pie. Me llamaba la atención la cantidad de diminutos botones: eran cientos, eran miles, eran incontables. Este Monseñor tenía, además, un
Entonces el miedo
“Tráeme las pastillas que están sobre el velador”, dijo papá a la hora del almuerzo. Sentí su orden como una daga helada. Con 10 años y un miedo ancestral, aventurarme al cuco que habitaba debajo de la escalera; enfrentarme a la mirada inquisidora del Corazón de Jesús, en el descanso;
Medias verdes
Tan pronto empecé a trabajar en la profesión que había elegido, supe que me había equivocado, que nunca debí estudiar Jurisprudencia, que su ejercicio era horrible. (Y hablo de los años 80). Incansablemente buscaba algo que me motivara a levantarme cada mañana y a trabajar con ilusión. En eso llegaron
En el fútbol como en la vida
Cuando escribo algún texto que mis hijas consideran que vale la pena, suelen “felicitarme” con una máxima que pobló mi vida escolar: “Tonta no es, pero es dejada”. Al intentar entrar a la universidad se comprobó la sospecha de que yo no solo era dejada, era irremediablemente tonta. Aunque, para