En el fútbol como en la vida

“Las opiniones publicadas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan la opinión de la Asociación de Cotopaxenses Residentes en Quito. Todas las opiniones han sido publicadas con la expresa autorización de sus autores.

Cuando escribo algún texto que mis hijas consideran que vale la pena, suelen “felicitarme” con una máxima que pobló mi vida escolar: “Tonta no es, pero es dejada”.

Al intentar entrar a la universidad se comprobó la sospecha de que yo no solo era dejada, era irremediablemente tonta. Aunque, para decir verdad, esto era algo que en el colegio donde estudié lo supieron siempre. La voz de alarma la dio la desorientada de la orientadora, quien nos tomaba las pruebas de inteligencia. Pruebas en las que yo fallaba también de manera inevitable. La orientadora en cuestión les decía a mi padres, para consolarlos, pobres, que yo no ponía de mi parte. Pero al llegar a la universidad, la verdad irrefutable de mi estupidez salió a la luz.

Un curita de apellido Sandoval me citó. Me dijo que habían decidido darme una oportunidad porque no entendía cómo alguien con semejante coeficiente intelectual era capaz de caminar, hablar, moverse y dar un examen de cultura general bastante bueno. Yo, con 18 años, piernas de gelatina y corazón de flan por el pavor absoluto, le dije: —Ay, padrecito, tengo una habilidad para jalarme los exámenes de inteligencia que usted no se imagina—.

Con mi mejor cara de chagra, le supliqué con un argumento contundente, citando las palabras con las que mi abuela solía insistirle a mamá para que me castigara por alguna travesura o robo de golosinas: —Cara nomás tiene de muda, pero es vivísima—. Le juro que voy a dar todo de mí, le dije.

El curita soltó una carcajada, yo dejé de temblar y entré a la PUCE a estudiar Derecho. Esa fue la prueba de que todo se puede y de que los ecuatorianos no somos tontos, pero a veces sí somos dejados. Y de que esa máxima no es solo mía. Como país nos debatimos entre el talento y la desidia, entre la capacidad de sorprender y la mala costumbre de bajar los brazos.

El fútbol y la vida se parecen más de lo que uno imagina, y nuestra Selección, la querida Tri, lo acaba de demostrar en los partidos jugados en el Mundial que vivimos en estos días.

No sé cómo lo analizarán los entendidos, pero a mí, simple librera y escritora, me parece que contra Curazao jugamos como políticos: sin estrategia, sin dirección, sin norte, sin ideas. Haciéndole creer a la hinchada que ya mismo, que sí se puede, que tengan paciencia… El resultado fue un horrendo empate.

En el partido contra Alemania salió el verdadero pueblo del Ecuador. En cada carrera, en cada patada, cabeceada o gol, los chicos de la Tri se dejaron ver como ese trabajador que madruga para construir nuestras casas; ese que madruga para hacer nuestro pan; ese que trabaja con honestidad, cumple las leyes, no maneja como loco y recoge la caca del perro; ese que, aun soñando sueños de otros, lo da todo. Ese…

En el partido contra México les ganó el miedo. El mismo miedo que todos los ecuatorianos tenemos no solo por la inseguridad, sino también por el desamparo de las autoridades, por el acoso de las instituciones. Y creo que ese es, tanto en el fútbol como en la vida, el verdadero rival. El miedo que nos paraliza y nos convence de no intentar, no reclamar, no soñar. Ese miedo que nos vuelve dejados.

https://www.eluniverso.com/opinion/columnistas/en-el-futbol-como-en-la-vida-nota

Compartir publicación