“Las opiniones publicadas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan la opinión de la Asociación de Cotopaxenses Residentes en Quito. Todas las opiniones han sido publicadas con la expresa autorización de sus autores.

Un mensaje de WhatsApp me recuerda que han pasado 50 años desde el día en que me gradué de bachiller. Un mensaje de WhatsApp, casi de madrugada, sacude en mi mente los días de 1976. Días de esperanza en los que los profesores hablaban de la “siembra del petróleo” y a Quito llegaban chilenos y argentinos guapísimos, helados de choco chips, gripes raras, boutiques elegantes, misas alegres, comida chatarra y edificios gigantes. La vida cambiaba casi sin darnos cuenta, pero lo que más cambiaba era la esperanza que cada día crecía: se acabará la dictadura, llegará la justicia social, sonríe, Dios te ama.

El petróleo sembró… sembró corrupción, ansia de poder, depredación. Quito se volvió una feísima ciudad de cemento; la pobreza se agudizó y, como dice Fernando Aramburu: “Los ángeles, mientras tanto, emigraron lejos, a otras infancias, y Dios murió como mueren todos los abuelos entre dos crepúsculos”.

Y fuimos creciendo en la desesperanza que crece imparable. Los viejos hemos sido, y seguimos siendo, testigos del deterioro moral de nuestro país. Desde una trinchera, ya medio desvencijada, pronunciamos palabras que muy pocos oyen, que muy pocos entienden: indolencia, desvergüenza, cinismo, fatuidad… Nos mecinamos sin tregua a una de las elecciones seccionales más burdas que hemos presenciado. La vergüenza ajena se nos instala desde tempranito y la necedad absurda de andar pegados a las noticias y al Facebook, y al TikTok, y al Twitter (que ahora es X), y a no sé cuántas plataformas más, hace que los síntomas empeoren y la náusea nos arruine el día.

¿Qué calidad de votantes somos para merecer esto? Quienes, a poco de graduarnos, hace 50 años, escuchamos las palabras fervientes de un Jaime Roldós Aguilera, por ejemplo, sabemos que la altura sí existe. Que las campañas políticas sí pueden llevarse con decencia, que no tienen que ser un circo para convocar, para ganar adeptos y votos.

Dije “circo”. Sin pensar escribí “circo”, porque así es la escritura: ese torrente que sale nomás, que moja nomás, que dice nomás y a veces acierta: circo. Ahí están los payasos que ni siquiera se han pintado la cara, con un mandil les basta; ahí están las fieras, bailando su pasito tun tun, mostrando su falta de seso, su lección aprendida, su rugido descompasado; por ahí aparece el mago, nos advierte de su magia cuando a todos nos consta, por experiencia, lo que sí sabe hacer desaparecer; trapecistas y trapecistas se pelean el show, y todos, todas, todes hacen malabares para convencernos. ¡Y claro que nos convencen! Estamos convencidos, su mediocridad no deja ni una mínima hendija a la duda.

Y llegará noviembre, y una vez más iremos a votar, y esperaremos los resultados expectantes, con esa ingenuidad nuestra que ya raya en estupidez. Ganará cualquiera de los peores o peoras. Ganará de nuevo la ambición, la desidia, el oportunismo… Y una vez más perderemos todos. Miro a mi país de lejos mientras me preparo a volver para verlo de cerca. Voy guardando en la maleta los retazos de un verano con mi nieto. Sin querer lo anego todo. Acomodo risas, doblo abrazos y repaso, sin éxito, la despedida feliz.

https://www.eluniverso.com/opinion/columnistas/des-verguenza-nota

Compartir publicación