En Latacunga había un Monseñor. Usaba una larga sotana negra con ribetes, fajines y botones de color fucsia que se abotonaban interminables desde el cuello hasta la punta del pie. Me llamaba la atención la cantidad de diminutos botones: eran cientos, eran miles, eran incontables. Este Monseñor tenía, además, un anillo que hoy se me antoja tornasol. La gente, al verlo, se hincaba en la acera y besaba el anillo. Me dio la impresión de que esta acción me llevaría directamente al cielo. Que, a la hora de la hora, ni las mentiras, ni las desobediencias, ni las peleas con mis hermanas, ni los robos de golosinas importarían un carajo si yo besaba ese anillo.
Una mañana de esas de comprar encajes con mi madre, vi al Monseñor venir por la acera en sentido contrario. Solté la mano de mamá y corrí hacia él, me arrodillé piadosa y besé ese anillo. A la misma velocidad, mi madre paró en seco mi delirio místico, tomó mi mano durísimo y, a la carrera, me llevó a la clínica del seguro social, donde trabajaba papá. Ahí me lavó la boca con jabón, alcohol, formol… para desinfectarla.
—Por Dios, hijita —dijo desesperada—. ¿No ves que ese anillo lo besa perro y gato?
Mi acto de fe fue frenado de cuajo, sembrando a la vez semillas de herejía. Esa noche solo pensé en cómo se sacará el hábito el Monseñor. ¡Qué trámite! Seguro pagará para que un séquito le desabotone la sotana.
Escribe mi amiga Moni: Good news! Tengo 20 años otra vez. Me rejuvenezco. Aterrada pienso de inmediato en sus hermosos ojos azules, templados, achinados, arruinados por la cirugía; pienso en su sonrisa bella, ahora reemplazada por una salchicha de cóctel; pienso en tantas funcionarias ecuatorianas, hasta llegar a la duquesa de Alba. ¡Diosanto! Leo el resto: Resulta que para renovar la licencia ahora hay que venir de madrugada para conseguir turno. Hemos regresado a los ochenta.
Debo volver mañana porque no valen las citas dadas por ellos. Hay que venir con el último dígito de la cédula. Atenderán por orden de llegada. Ahora la gente duerme en la vereda desde madrugada. Apenas llegue a la oficina me tomo la foto porque seguro he rejuvenecido 20 años. ¡Regresamos a los trámites ochenteros!
A mi Caro se le ocurrió que debo tener licencia de la IONY, así que, luego de estudiar la Ley de Tránsito de Illinois, fui a la cita el día y hora fijados. En una oficina más chica que nuestra AMT y en una sola ventanilla me tomaron la foto, me pidieron los datos, me midieron la vista e hice el pago de $ 30. Había 10 computadores para dar el examen (saqué 35/35). Luego di el examen práctico, que, para quien ha subido a la loma de San Juan y al Quiteño Libre en auto de transmisión manual, resultó tillos. En aproximadamente dos horas volví con un papel/licencia y la promesa de que me mandarían el plástico en 15 días. Una semana más tarde llegó. ¡Alahjita he salido en la foto!
¿Qué pasa en Ecuador con los trámites? No hay cortes de luz; hay sistemas, softwares, hardwares, especies… Entonces, ¿por qué son como desabotonar la sotana del Monseñor? ¿Habrá que pagar a un séquito para que “desabotonen” los trámites?
https://www.eluniverso.com/opinion/columnistas/como-sotana-de-monsenor-nota