Las “mentes lúcidas” generalmente no lo demuestran cuando tratan de defender lo indefendible: se cierran a la banda, no dan su brazo a torcer, se vuelven personas necias y no entienden razones. Es la manera más fácil de perder los seguidores que tienen y, más complicado aún, es conseguir nuevos adherentes que los apoyen al exhibir tantas falacias juntas. La lucidez, constituye un estado de claridad mental, esto es, la capacidad de pensar con precisión, tener objetividad en el análisis de las ideas y cosas circundantes, sin radicalismos que nublen la visión.
Y este estado mental incurable, es el que aqueja a varias de las máximas dirigentes que persisten en adorar a aquellos que aún se creen dioses del olimpo, campeones de una ideología que sucumbió, que tratan de mantenerla con otros trazos de mentiras para captar a nuevos ilusos, con los mismos ofrecimientos inalcanzables. Rivadeneira y González siguen creyendo que Ortega es un auténtico líder redentor; que es una tontería que le llamen dictador: recurren al principio de autodeterminación de los pueblos para defenderlo; para ello, se requiere plena libertad de la gente.
Pero ¿cómo va a haber libertad si el Daniel Ortega, ha dicho: “jamás habrá elecciones, jamás”? Mi comandante Daniel, como cariñosa y melosamente le llama la señora Gabriela, no dará paso a ningún proceso democrático para que el pueblo nicaragüense se autodetermine. Pero, ante las insistentes preguntas de los pobres periodistas, no acepta que es dictador. Para ella Noboa es dictador. Decir semejante tontería sí es una auténtica y escandalosa caretucada de esas que apestan. Pero aquí, en Ecuador, si pueden hablar y de lo que quieran, pero allá tienen frases elocuentes y estridentes de adoración al decrépito Ortega.
Se han olvidado que “la autodeterminación es la capacidad o el derecho de una persona, un pueblo o una nación para decidir por sí misma en asuntos políticos, sociales, económicos o personales, sin sufrir presiones o mandos de otros” (RAE). Los ciudadanos de Nicaragua no han sido llamados para decidir nada; no los llamarán y están condenados a soportar a la pareja de dictadores que mal los gobierna, sin esperanza alguna, pues están condenados a vivir sin libertad, sojuzgados por la fuerza de un gobierno tiránico. Y éstos, los salvadores de la tiranía de Somoza, derrocado en 1979 por los sandinistas con Ortega a la cabeza, se convirtieron en peores seres que él y, además, en servidores de Castro y luego de Maduro.
Dentro del mismo grupillo, hay voces disidentes, como de la mismísima Paola Cabezas que ha declarado que Ortega si es un dictador: no se ponen de acuerdo las mentes lucidísimas en algo que es el mismísimo lumpen ideológico que defienden, es decir, de aquellos discursos superficiales y vacíos de contenido. Por estas y otras razones, incluso, se han negado aceptar y reconocer al presidente de Colombia De la Espriella, al igual que Lula y Sheinbaum que lo expresan en no asistir a su posesión. Los extremismos son muy dañinos y las ideas socialistas del siglo XXI han perdido todo respaldo: basta mirar al mapa político de Sudamérica con los gobiernos elegidos.
No comamos cuentos: dictadura el aquel gobierno cuyas características son: ejercicio del poder total, no hay división de poderes, toma del poder de facto, represión ilegal e institucionalizada, censura a la prensa y sin elecciones libres. Recordemos que en los tiempos de la década perdida se decía que es él, como jefe del estado, el jefe de las funciones ejecutiva, legislativa y judicial. Eso sí suena a dictadura. ¡Prohibido olvidar!