Con el advenimiento de las redes sociales todos nos convertimos en opinadores de la realidad nacional. Nos sumamos a esa corriente de quienes quieren salvar al mundo, que previenen los cataclismos y desastres de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, o elevan los sucesos a niveles de maldición gitana, distorsionando los hechos para hacer sufrir al ciudadano, ávido de noticias buenas: han logrado confundir al pobre mortal y no sabe en qué realidad vive o qué mismo es cierto. Damos por hecho ciertas noticias y enseguida las cursamos a todos los contactos.
La gente ya está alertada y duda de las noticias conocidas como fake news, y, copiando a los buenos periodistas e investigadores, contrastan la información, verifican la fuente y hacen caso de aquel consejo de “duda y acertarás”, y logran llegar a una aproximación de certeza. A todos nos han llegado, por ejemplo, datos del fallecimiento de determinado personaje conocido, o de un artista famoso, haciendo llorar de pura gana a sus fans. Eso sucede por no cerciorarnos bien y basarnos en la primera nota que aparece en las redes. Es una mala manera de actuar y no hay poder humano que controle los excesos en la utilización negativa de las redes.
Y qué decir de la Inteligencia Artificial (IA); puede ayudar a la gente en su desenvolvimiento diario y profesional y, al mismo tiempo, también complicarle la vida por recibir información interesada sin saber de quién y para qué propósito. Su desarrollo también traerá consigo preocupaciones y muchas desventuras, como ver desplazado al pobre humano que se preparó para ser insustituible y sin embargo un robot, creado por sus mismos congéneres, le pone fuera de combate y lo desplaza sin fórmula de juicio. Así nomás es y hay que aceptar que el tiempo y la realidad llegaron distorsionados.
La IA “es una disciplina científica orientada a desarrollar programas informáticos capaces de realizar operaciones propias de la mente humana, como el razonamiento o el aprendizaje” (RAE). Asimismo se menciona que la IA “acelera la creación y difusión de noticias falsas a gran escala, pero también ofrece herramientas clave para detectarlas y combatirlas”. Ahí está el “quid” de la cuestión para saber actuar y posibilitar el mejor empleo de la misma, bajo parámetros de ética en favor de los usuarios y consumidores del sistema. Lo contrario se convierte en un aparato que conspira en contra del derecho a la información veraz, oportuna, contextualizada y contrastada.
Existe consenso en la necesidad de regular a la IA; a pesar de ello, hay preocupación de científicos, expertos y fanáticos, de que sus normas -extremas o exageradas-, puedan convertirse en un limitante para su desarrollo tecnológico. La pregunta que se hacen es cuándo, cómo y hasta qué nivel se extendería la regulación. A José Saramago, escritor portugués, premio Nobel de Literatura, se le atribuye la frase profunda e irónica que dice: “Llegará el día en que la inteligencia será despreciada y la estupidez será adorada”. Esperemos que no llegue ese fatídico día y sea la inteligencia humana, aquella que enarbola principios y valores, la que siempre prevalezca.