Mi primo Pablo se ha muerto. ¡Qué pendejada, cómo se va a haber muerto el Pablo!, es mi respuesta, sorprendida, adolorida.
-Ha muerto en su casa, ha muerto en su cama, ha muerto mientras dormía- dice la voz entrecortada que oigo al otro lado del auricular.
Qué linda manera de morir, pienso, pero no lo digo. No hay que comentar la muerte. Una nunca puede saber.
Buen tipo y gran conversador, el Pablo. Nunca nos faltaron historias; siempre nos faltó tiempo. Un querendón descomplicado que nunca me juzgó. Gracias a su humor inteligente aceptaba mis escritos sin más.
Echaré de menos esa voz que aparecía siempre a horas inoportunas.
-Aló- decía yo. -Prima, ¿no interrumpo nada? ¿Puedes hablar?
Y claro que interrumpía, pero yo era incapaz de decirle: acabo de salir de la ducha, me voy a secar el pelo, voy a… Imposible. Nunca fui capaz de perderme su conversación por nada del mundo. Hasta a las historias más simples él les encontraba la gracia, les ponía color, emoción.
-¿Oyés?, te quiero hacer una propuesta- me dijo un día.
-Dale, te escucho.
-Escribamos un libro a medias, elé. Yo te cuento y vos escribes.
-No sé si seré tan bestia- le dije.
Solo de pensarlo nos echamos a reír. ¡Lo que habría podido contar!
Siempre nos reímos con esa complicidad que nos daba ser casi de la misma edad, compartir un cariño viejo y sincero que nos declaramos.
Las historias del primo Pablo eran tan graciosas como inverosímiles. Recuerdo la del profesor hipercuruchupa que les daba Educación Sexual en el Borja II. Como era de esperarse, les decía que en la relación sexual no podía haber placer, porque esta era un mandato de Dios destinado única y exclusivamente a la procreación. Entonces, no sé si él mismo o algún otro alumno de la clase alzó respetuosamente la mano y preguntó a viva voz:
-O sea, doctor, que usted en toda su vida ¿solo ha hecho dos vecitas?
Un día el encuentro fue casual, en la vereda. Yo llevaba a mi hija Carolina a comprar algo que necesitaba para un deber. Cuando lo vi paré el auto y me bajé. Después del saludo amable y de su inevitable “¿Qué más, prima?”, empezaron las anécdotas que le bullían con la misma naturalidad con que cae la lluvia o vuela un pájaro; con la misma seguridad con que un matemático resuelve un problema o un político miente. Y con la misma, la mismísima gracia con que su taita, el tío Miguel, contaba historias.
Nos quedamos conversando en la vereda, sin percatarnos -o sin importarnos- de que Caro se achicharraba en el carro. Hasta que mi hija se bajó y con genio de “chapita asoleado” me dio una buena reprimenda. Yo me quedé de una pieza, pero Pablo, en lugar de inmutarse, soltó:
-¡Me muero! Qué genio el de tu hija. Estita sí ha sido la auténtica “Corran a los montes, suban a los techos”.
Hoy, ante su muerte, que me resulta prematura, quisiera creer que existen un cielo, unos ángeles y unas almas. Quisiera creer que san Pedro, al verlo llegar, alertó a todos: ¡Corran a los montes, suban a los techos!
Porque el primo Pablo, con sus historias, tendrá embelesados a todos, robándole protagonismo hasta al mismo Dios.
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