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¿Se acuerdan amigos de las ollas de aluminio que se usaban hace muchos años, esas en las cuales cocinaban nuestras madres y abuelas, esas, que en la actualidad fueron declaradas nocivas para la salud, porque luego de muchos estudios, los expertos, llegaron a esa conclusión? Sin embargo, nuestros antepasados las usaron y tal vez, tenían mejor salud que la nuestra, porque quizá el motivo no estaba en el material de las ollas, sino en el estilo de vida.

Retomando el tema de las ollas que tenían tapas del mismo nocivo material, una vez que las cacerolas quedaban en desuso para la cocina y pasaban a ser de otra utilidad, convirtiéndose en: macetas, platos para las mascotas, entre otros usos, -porque antiguamente, todo se reciclaba-, resultado de lo cual, sobraban las aludidas tapas; y, con esa costumbre de darle “segundo uso” a las cosas, éstas también recobraban vida en otra función, en este caso mi madre, las dedicaba como aislante para disminuir la intensidad de la hornilla de la cocina y evitar que se queme el arroz.

Una vez que una tapa de aluminio, quedaba “libre” la señora Anita Graciela, martillo en mano aplastaba la agarradera y la colocaba bajo la olla de arroz y con este truco conseguía que su arroz sea delicioso.

Yo, recién casada e inexperta, para la cocina, le pedí consejos a mamá para mis pininos en el arte culinario, ella, (como casi todas las mamás) cocinaba delicioso, de tal manera que era la persona idónea para adiestrarme en este oficio, y así lo hizo; sin embargo, el arroz, no me resultaba como a ella.

Radicada en la capital, mi amor por: la patria chica, la familia, los amigos y el ambiente del pueblo pequeño, me obligaba a viajar todos los fines de semana a mi amada Latacunga, a la casa de mi madre y regularmente las clases de cocina eran habituales los sábados y domingos, mami, le dije: “pero el arroz no me queda igual”.

En uno de esos felices fines de semana, mi madre, chusca como era ella, me dijo: “te voy a entregar la herencia más valiosa, que te puedo conceder”, y sacando del fondo de la alacena, me entregó una de esas tapas, que ya había pasado por el proceso de martillazos, que la convertía en elemento indispensable para su cocina y luego para la mía; con esto, me dijo: el arroz te quedará perfecto y la carne frita jugosa.

Desde ese momento tengo en mi poder la tapa abollada y maltrecha debido al uso de varias décadas, cada vez que alguien la ve, me dice: “bota a la basura esa tapa”; pero, yo la conservo, porque, (sabia como era mi madre, sentenció que la tapa, era la herencia más valiosa), y en verdad fue uno de los legados más preciosos que me dejó, no por su valor material, claro está, ni por el uso que le doy hasta el día de hoy, sino porque ese vetusto artefacto, está cargado de recuerdos, en cada momento que la miro me hace rememorar la antigua cocina de mi madre que nos reunía a los hijos y nietos, algunos de ellos ya fallecidos, los sabores de la sazón inigualable de mamá, las largas tertulias alrededor de la mesa, el olor a café recién pasado, pero sobre todo la tapa de aluminio, ahora, para quienes conocemos la historia, significa mantener vivo el recuerdo de su autora, mi madre, Anita Graciela Quevedo Varea, quien era una mujer valiosa, como ella decía: “adelantada a su época”, inteligente, emprendedora, autodidacta, tenaz, independiente, trabajadora, valiente, pero sobre todo una gran madre.

La tapa de aluminio se ha convertido en un símbolo de su personalidad y ese insignificante objeto nos motiva a seguir sus pasos a recordarla, añorar nuestro primer hogar, nuestra ciudad natal y valorar todo lo vivido.

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