El sol, va de poco a más bajo la pérgola,
la brisa se filtra entre flores y parantes,
se oye el ruido de un miércoles agitado
y las voces de una charla se acomoda.
Miércoles una escuela de empatía,
sin campanas que den horarios,
todos listos a la hora del honor,
sin atraso ni reclamo dan las diez.
La vida ha dejado sentencias en el tiempo
pero el corazón late sin prisa, ni esfuerzos,
la mente investiga entre sus neuronas,
mientras el café se mezcla con el recuerdo.
Aparece de pronto la razón o un motivo
el eco suena a la distancia del hogar,
del primer afecto, del lugar donde nació
o quizá de aquel amor que no creció.
Una luz con mil destellos,
un gustar de mil sabores,
un enjambre que picotea,
una familia como ayer.
Añoranzas, sentimientos, vivencias o saberes,
todo vale en la mixtura con el humo del café.
De pronto un chiste rompe con la compostura,
dando respuesta una hilaridad redentora.
Comentarios con soluciones compartidas,
no hay discursos, ni pedidos de la palabra,
hay verbo que no es divino, es de vivencias,
memoria retrograda en ese día comentada.
Las ideas se entrecruzan en las palabras,
atenta la contestación se hace presente,
todos somos nombres no interpretaciones,
somos miembros no virtuales de un corrillo.
Los años son contados, son testigos,
hay mayores y muy pocos menores,
son abogados, doctores, ingenieros,
periodistas, ejecutivos, todos jubilados.
Hacemos de la edad una existencia,
de la experiencia una enseñanza,
de la amistad una hermandad,
de la conversación un añadido.
Hay relatos, comentarios de familia,
no hay reclamos, ni más remiendos,
porque no, un festejo de homenaje,
lo bueno, es que todos somos amigos.
Mas, el café se está acabando, para
volver a casa contento y renovado.
Sin embargo, no desperdiciamos
del último trago de las doce. ¡Salud¡