LA CULPA fue de mamá, aunque ella lo vivió como un triunfo comparable únicamente al día en que, contra todo pronóstico y luego de unos atropellados años escolares, me gradué de bachiller. Al igual que mamá, yo nunca lo vi venir, pero ocurrió, dolió y rasgó algo en mi interior, convirtiéndome en insomne.
De chica, tuve conmigo un par de chalinas pequeñas, suaves, con un olor a sucio, a polvo, a trigal: deliciosas. Algún día debieron ser de color rosado, pero yo las recuerdo bastante descoloridas, un poco desgastadas y ambas con un huequito diminuto donde entraba, con las justas, mi dedo pulgar.
La sensación de frotarlas contra mi cara, sentirlas con mis labios cerrados, olerlas despacio para que su textura peluda no me hiciera estornudar, era un placer innombrable.
No olía ni frotaba las dos chalinas a la vez, porque a una de ellas le tocaba baño. Según decía la abuela, para que pareciera trapeador.
Alternaba las chalinas. Mamá se encargaba de que yo siempre las tuviera conmigo, hasta el fatídico día en que inauguraron la carretera a Santo Domingo de los Colorados.
Papá, que era un novelero incurable y creía que su Volkswagen Escarabajo era lo máximo, de inmediato organizó el viaje de vacaciones a Guayaquil. Mamá llamó a Laurita Feraud para pedirle posada, mis hermanas viajaron a Quito a comprarse ropa ligera, y yo, tal vez presintiendo la desgracia, guardé al fondo de la maleta una chalina.
El día del viaje salimos muy temprano. Yo no lo recuerdo porque me había quedado dormida en “el hueco”, que no era otra cosa que un pequeño espacio para maletas, detrás del asiento trasero. Casi dos horas más tarde, me desperté por la impericia de papá al tomar las curvas cerradas del empinado camino que atravesaba la cordillera.
Tan pronto abrí un ojo, pedí un biberón y noté la ausencia de mi chalina. ¿Y mi chalina? A lo que la muy hipócrita de mi madre respondió: “En la maleta, hijita, apenas lleguemos te la doy”. Le creí. Y entre el sabor refrescante y dulce de mi leche, el paisaje exuberante y las explicaciones que papá daba a las preguntas de mis hermanas, me olvidé de mi chalina.
Al llegar a Guayaquil, a pesar de la desorientación habitual de papá, llegamos a la casa de Laurita Feraud escoltados por dos motos policiales. Papá no era militar, ni político, ni príncipe, ni artista de cine.
¿Entonces? No era escolta, ¡era arresto! Papá se había pasado una luz roja. Por suerte, el argumento de “el Mono Dávila”, marido de Laurita, funcionó: “Perdónelo, jefe, mi Dr. Marquito es de Latacunga”.
Luego de tomar una deliciosa y larga ducha, fuimos a dormir. Mamá abrió las maletas, sacó unas pijamas nuevecitas y, cuando pedí mi chalina, me entregó una nueva, blanca, nívea, impoluta. No era suave, no olía a sucio, a polvo, a trigal.
Era áspera, apestaba a estantería de almacén y yo no la quería. En ese momento sentí que la vieja, rota y deshilachada, era yo. Una vejez prematura se apoderó de mí, y esa noche no pegué un ojo, ni la siguiente, ni la siguiente, ni la siguiente….
* Publicado el 27 de mayo de 2025 en la Revista Vistazo. Enlace no disponible.