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La tarde del domingo 9 de febrero, repicaron lenta pero profundamente las campanas al ritmo de procesión fúnebre. Doce féretros desfilaron por todas las comunidades ecuatorianas, cubiertos por banderas otrora coloridas y representativas de supuestas agrupaciones políticas que prometían un mundo nuevo para esta Patria. Eran los despojos mortales de doce organizaciones políticas que dejaban a su paso una estela de malos recuerdos, oliendo a fracaso, decepción y engaño. Transitaron sobre carrosas multicolores desde el CNE, pasando por el Consejo de Participación Ciudadana, la Corte Nacional de Justicia, el Palacio de Carondelet, para finalmente llegar al mausoleo montado virtualmente en la Asamblea Nacional.

Se trata de un “linchamiento democrático” ocurrido en las urnas, con motivo de las elecciones convocadas por tercera vez en espacio de cuatro años, reflejo de la inestabilidad política causada intencionalmente por guerras intestinas por el poder. El que está abajo, acusa al gobernante de ser el peor gobierno de la historia, mientras que el que está arriba acusa a todos los demás de golpistas y responsables de todos los males que debe ahora enfrentar. Siendo la tercera ocasión en que el electorado deposita su confianza en quienes ofrecieron el sol y las estrellas, lo cual solamente se redujo a más incertidumbre, inseguridad, desempleo, recesión económica y desconcierto, el pueblo “voz de Dios” se rebeló y notificó a más de 2.000 candidatos con el “certificado de defunción política” efectivo de inmediato.

Este inédito dictamen democrático, marcará un hito en nuestra frágil democracia, que apenas ha sobrevivido 45 años desde el último período de gobiernos de facto. La clase política ha fracasado en su intento por hacer realidad toda la verborrea que ha inundado nuestro entorno, cual concurso de demagogia para convencer a los más incautos. Se ha marcado el fin de la era del balcón, inaugurado por José María Velasco Ibarra para convencer a una chusma mayoritaria que crean en las ilusiones que vendía, para tomar el mando de un país adornado con todas las condiciones para salir adelante, pero carente de líderes y agrupaciones políticas que sean capaces de administrarlas.

El mensaje es letal y ejemplificador. Apenas dos partidos, el uno responsable de gran parte de las decisiones legislativas en los últimos 17 años, mientras que el segundo nacido de las nuevas generaciones desafiando a la vieja clase política, han captado cerca de 90% de las 151 curules, y dos partidos de la vieja guardia con apenas 13 legisladores. Es decir, los votantes, con firmeza y madurez, sin haber concitado su decisión, decidieron “unánimemente” concretar su voto entre dos MODELOS DE GOBERNAR que imperan en el mundo occidental y particularmente latinoamericano. Advirtieron, aparentemente, que todas las demás tiendas políticas ofrecen el mismo producto, empacado de manera diferente y con añadidos que son superficiales, con el único afán de lucir más atractivos que sus competidores.

La Asamblea ha decantado en lo que fuera en sus inicios. Dos corrientes bien definidas y marcando especialmente sus diferencias. Manteniendo sus posiciones con altura y respeto mutuo, mereciendo el aplauso de la ciudadanía. Es una decisión sabia y que la tomó casi por unanimidad el pueblo ecuatoriano, poniéndolos cara a cara para que defiendan sus posiciones y demuestren a sus mandantes cuales son las propuestas de desarrollo más adecuadas para este pueblo que se cansó de tanto populismo y demagogia. Es un despertar del eterno letargo en que hemos vivido desde el nacimiento de la República. Dios nos ha enviado una nueva generación de ecuatorianos enchufados con el mundo moderno, dotados del “chip” que impulsan las economías más grandes del mundo y nacieron con las garras para desafiar al mundo.

¡DESCANSEN EN PAZ VIEJOS POLÍTICOS!

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