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Donald J. Trump apareció en el escenario político norteamericano para disputar la presidencia del país más poderoso del mundo, según las cifras de su economía, nivel de tecnología, fuerzas armadas, etc., a la contendora Republicana Hillary Clinton. Controvertido como siempre, rompió los esquemas y, ante la ausencia de otros políticos de carrera que le pudieran ganar en las primarias, se abrió espacio a codazos para lograr el triunfo. Esa elección tomó de sorpresa a muchos, incluyendo él mismo. Tuvo que escoger a los funcionarios de mayor rango de entre los candidatos que podía encontrar en Washington, D.C., que no era su territorio. Le tomó buen tiempo aprender a desenvolverse en el ambiente totalmente politizado en la capital americana.


Los republicanos se prepararon durante esos cuatro años con lo mejor que tenían, para recuperar el poder y lo lograron con Joe Biden. Llegado el momento, buscando la reelección, Joe fue sacado del ring en el primer debate y reemplazado por la figura desgastada de Kamala Harris. El triunfo de Donald, ahora bien preparado para ganar las elecciones y gobernar, fue contundente. El país y el mundo entero especulaban sobre el futuro, escépticos de las promesas de “volver a hacer América grande”. Había que sentarse a esperar las decisiones disruptivas, considerando su ventaja de controlar las dos Cámaras del legislativo.


En escasos días, revolucionó al planeta con las primeras decisiones. En solo el primer día, firmó más de un centenar de órdenes ejecutivas, muchas de las cuales derogaban recientes órdenes firmadas por Biden. Ante la mirada perpleja del mundo, abrió múltiples frentes al mismo tiempo, demostrando que esta vez SI estaba preparado para avanzar a paso de gran ejecutivo, cumpliendo lo más rápidamente posible las promesas hechas en campaña. Apenas tiene cuatro años por delante, sin opción a reelegirse. Ahora si tenía escogidas las personas de confianza, que puedan caminar a su ritmo. Declaró al mundo el fin de la época de padrinazgo a todo país aliado o débil que estuviera en riesgo de perder su libertad y democracia. Se acompaña de extraños personajes como Elon Musk, el hombre más rico del mundo, con un bagaje de conocimientos tecnológicos obtenidos en sus exitosas empresas, que se ofreció como asesor honorífico para evaluar la eficiencia del gasto y la gestión pública, que aparentemente jamás se había cuestionado.


En pocos días, Musk presentó sus primeros hallazgos, gracias a la tecnología que posee y al minúsculo grupo de jóvenes brillantes (el menor tiene 19 años) que expusieron la cruda realidad. Propuso y fue aceptado por Trump, disolver USAID, una agencia para el desarrollo internacional, que por 63 años ha distribuido a mansalva enormes “ayudas” que, según lo demostraron, fueron a parar en financiar burocracia y grupos de activistas, que en muchos casos son declarados enemigos de USA. Demostró una red de actores políticos que construyeron un reinado de ineficiencia y abuso.


Sin temor ni dudas, como un exitoso “businessman” ha notificado su deseo de revisar las relaciones con la ONU, OTAN, OMS, Unión Europea, Canadá, México, China, OEA y muchos más. Declara el inicio de un nuevo orden mundial basado en reciprocidad. No tiene intenciones en dejarse extorsionar por ningún país. Este primer impulso que pone en jaque a la contraparte es una estrategia de negociación, como lo expone en su libro “El arte de negociar”. Así logra que respondan rápidamente y se acerquen a una relación considerada por Trump, recíproca. El interés de subir los aranceles a sus socios comerciales es encarecer los productos importados para motivar el regreso de capitales al país, generando empleo y puedan vender sus productos sin pagar aranceles.


¡DEBEMOS COMPRENDER Y PREPARARNOS!

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