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En los lejanos años sesenta del siglo pasado, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL, refugio intelectual de las generaciones de tecnócratas económicos que querían volver a descubrir América con, según ellos, revolucionarias propuestas estructurales económicas, políticas y sociales. Sacarían de la postración la subdesarrollada región del continente mediante la “industrialización” de nuestros pequeños países, que en esencia es la “sustitución de importaciones”. Los orígenes de esta propuesta se remontan a la revolución cubana, que cuestionaba la desigual relación entre exportación de materias primas (cacao, azúcar, café, banano) pagadas con productos de alto valor agregado y precios elevados. Proponían la exportación de productos con alto valor agregado en lugar de materias primas.

Ante la ausencia de propuestas alternativas y más realistas, muchos de los países de la región le apostaron al modelo, incluyendo nuestro país. El primer paso era elevar los aranceles, que son tributos a la importación de productos, gravando de manera diferenciada las partidas arancelarias, a criterio de los tecnócratas que en el caso del Ecuador, empezaban a inundar grandes edificios construidos por la dictadura militar con dinero del petróleo que, coincidentemente, empezaba a fluir desde “Lago Agrio” hacia el mundo. El efecto de esta política arancelaria era encarecer los productos importados y de rebote engordar la caja fiscal.

La inexistencia de capacidad industrial local para atender la repentina demanda creciente, abrió espacio para “falsas industrias” que, con la conocida viveza criolla, montaron talleres para armar automóviles, camionetas, camiones, electrodomésticos, televisores, motores, juguetes, productos de consumo y cualquier cosa que demandaba el mercado local. Únicamente requerían proveedores que les embarquen dichos bienes desarmados. En el mejor de los casos, completaban el proceso adquiriendo localmente pequeños elementos que sumaban un porcentaje mínimo de valor agregado. Hablar de 20% de valor agregado, ya eran bienes seriamente industrializados.

Una década más tarde, era evidente el fracaso del modelito ante la escasísima industrialización y encarecimiento de todos los bienes importados por los aranceles impuestos. Los seguidores de Fidel archivaron la receta CEPALINA y desde entonces siguen en búsqueda de algo distinto a lo que ignorantemente llaman el “neoliberalismo” que pregona la iniciativa privada en un entorno de libertad para invertir, innovar y desarrollar, con un Estado que no compita ni entorpezca. Es evidente que no ha aparecido algo más efectivo para lograr el crecimiento económico sostenible, que genere empleo, como base para construir un estado capaz de cumplir sus obligaciones fundamentales y distribuir la riqueza.

Este relato es necesario para comprender la “revolucionaria” propuesta arancelaria del presidente Trump, que ha convulsionado el mundo y pretende rediseñar las reglas de comercio. Su discurso vende la idea de mejores días para los ciudadanos americanos a través de la generación de empleo por el esperado crecimiento industrial y precios comparativamente inferiores a los productos “made in USA” gracias al encarecimiento de sus competidores que los importan. Pero oculta la verdadera intención de recudir el gigantesco e imparable déficit fiscal con dinero que sale del bolsillo del consumidor y pasa directamente a la cuenta de Tío Sam. En una palabra, es la vieja estrategia Cepalina del “proteccionismo” que fue experimentado en nuestra pequeña región, con resultados desastrosos.

La equivocada estrategia de sobreproteger la escasa capacidad de producción industrial, agrícola, servicios, etc. es una distorsión de la competencia y lo que provoca es un retraso en el desarrollo de los sectores productivos que pueden sobrevivir sin innovar y elevar su productividad y competitividad. Tarde o temprano se abrirán las puertas hacia el mercado externo y sucumbirán por la falta de capacidad de competir. Es imposible que las intenciones de Trump se consoliden en apenas 4 años.

¡YA LO VIVIMOS!

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