¿Recuerdan la cantaleta cansina de Chávez que abrazó los postulados del llamado socialismo del siglo XXI? Pregonaba: “Alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina”. Pues bien, resultó todo un fiasco. Para comenzar, estos revolucionarios de pacotilla cometieron el error más craso: aprovecharse del nombre, pensamiento y liderazgo del Libertador para sus fines políticos; no repararon que él pensaba diametralmente distinto, dado que sus ideales nada tienen que ver con los objetivos de los extremistas que lo defendían.
El “Foro de Sao Paulo” – cuyos autores eran Fidel Castro e Ignacio Lula Da Silva-, nace imbuida de una corriente de izquierda marxista, a inicios del año 2000, como consecuencia de la caída del Muro de Berlín y el fin de la era soviética que costeaba a los países de corte comunista, como Cuba, Nicaragua; y otros, como Venezuela y Ecuador, encaramados en el poder por la vía democrática, luego no lo “soltaron”. Ultra enemigos del “imperio”, abogaban por que el estado debe ser el encargado de la redistribución de la riqueza, limitando la libertad ciudadana y se aprovechan del poder para beneficio de la cúpula.
Los que leyeron los ideales de Simón Bolívar, saben que “el poder se centra en la limitación de su duración, la soberanía popular y el republicanismo”. Sostenía, además, que “nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder”. Como se advertirá estos no fueron precisamente los principios que observaron los gobernantes Castro, Chavez, Maduro, Ortega, Correa, Morales, Kirchner. Todo lo contrario, se atornillaron en el poder, se endulzaron en éste y crearon una secta de iluminados “salvadores” que tenían carta blanca para muchos latrocinios y fechorías.
Nuestra región ha entendido que la vía propuesta por el socialismo del siglo XXI no es el camino por el cual deben transitar los países. Los resultados están a la vista y sería un suicidio persistir en estos esquemas atrasa pueblos. En el caso del Ecuador, anclarse en normas que limitan la inversión extranjera, sobre el trabajo cuya legislación se ancló en 1930, con ligeras reformas, y el pernicioso afán de controlar los denominados “sectores estratégicos”, son barreras que impiden el desarrollo y el crecimiento del país. La impuesta constitución, la del 2008, es un claro ejemplo de cómo destruir un país.
Los cambios políticos han venido transformando las estructuras de los regímenes autoritarios en la región y hacen prever el mejoramiento de las condiciones económicas y sociales de la gente. Y, claro, no está resultando fácil debido a que los perdedores son muy hábiles para provocar desmanes, ya calentando las calles, ya desinformando e incluso armando las condiciones para pescar a río revuelto y llegar al poder, ahora sí por la fuerza. Solo quedan Nicaragua, México, Colombia y Brasil para que conformen la caravana de países que se han sumado para combatir todo tipo de delitos transnacionales que los afecta por igual.
Hay que defender la democracia del autoritarismo; la libertad de la sumisión o dependencia, el desarrollo del estancamiento; en suma, transitar por los caminos de la institucionalidad hace a los países grandes, soberanos y respetables, donde los gobernantes, elegidos por la ciudadanía, respondan por sus actos en el ejercicio de sus funciones.